lunes, 23 de agosto de 2010


Hubo una extraña moda nacida de la mano del gran maestro del marketing, George Lucas. A finales de los noventa se reestrena en cines -con dos semanas de diferencia entre una y otra- la trilogía completa de Star Wars con todos los chiches nuevos a los que podían acceder en ese momento. Escenas eliminadas, retoques digitales, hasta personajes nuevos metidos en viejas situaciones ya conocidas. Resumido a dos palabras, un robo. Los fanáticos fundamentalistas de la saga habrán tenido el justo derecho de quejarse, ofenderse y hasta llorar desconsoladamente, yo nunca fui uno, simplemente me encantaban esas películas, las conocía de memoria y disfrutaba sin freno. Por tal razón, su reestreno en pantalla grande fue festejado y agradecido por mí. Recuerdo en especial la última parte, El Regreso del Jedi (Return of the Jedi), mucho antes de ser episodio VI, el recuerdo de la sala más que del film en sí; al fin y al cabo estaba viendo una película en cine que ya había visto más de diez veces en mi casa, no hubo demasiada sorpresa, pero en la sala vi a los padres, a los señores de cuarenta tan (o más) emocionados de lo que yo podía estar, el rejunte de calvas y panzas prominentes con el acné juvenil, todos compartiendo la excitación de volver a ver a Darth Vader sacarse el casco. Y tuve un corto instante donde vi mi persona veinticinco años más adelante, haciendo lo mismo que en ese momento, como esos maduros que soltaban al niño interno al menos por dos horas y media en la oscuridad de una sala. Y por primera vez en mi vida, sufrí nostalgia. Hacía un tiempo que no estaba perdido, porque lo estaba viviendo en ese momento, pero que de pronto parecía ajeno ¿cómo sería yo a los cuarenta? No podía imaginarme realmente, sólo me comparaba con el adulto que tenía delante en el cine, pero ese adulto era un extraño, su vida era otra. Yo no era él, pero yo tampoco era yo sin embargo ¿Como llegar cuando no se ve el camino? Entonces, una corta y efímera epifanía cayó delante de mi cara, soy pesimista y a los cuarenta voy a estar realmente amargado. La única esperanza que guardé fue que a pesar de la amargura pudiese a los cuarenta sentarme en una butaca en el cine y sonreír, tal como lo estaba haciendo en ese momento. Cada día me aseguraba más que dentro del cine, todo estaba bien. Era feliz, sin pensamientos nefastos o temores hacía el futuro posible, pero así como el cine regala, también quita. Sin que haya pasado mucho tiempo de Star Wars, se reestrena El Exorcista (The Exorcist) utilizando la misma premisa de estafa sin pudor. También había visto ese film repetidas veces, pero cuando la volví a ver en la pantalla grande el culo se me frunció como si cada imagen hubiese sido nueva. Me asusté de verdad. Fue la primera vez que llegué a casa y al apagar la luz de la habitación estuve incómodo, con una presión injustificada en el estómago. No por el diablo, sigo repitiendo que un cura me da más miedo que el demonio en sí (mucho más si tiene la cara de Max Von Sydow), sino por el conocimiento del mal abstracto y la posibilidad de tener alguien mirándote desde la oscuridad más cercana. Entonces llegan dos películas más, que -como dije la vez anterior- fueron todo para mí, pero consiguieron que ese temor que El Exorcista me hizo conocer, calara profundo. De pronto, descubría que era un cagón tanto en la verdad como en la mentira, la fantasía se hacía perjudicial para la realidad al no discernir cuando se acababa una y empezaba la otra.
Cuando vi El Proyecto Blair Witch (The Blair Witch Project, 1999) ya conocía de antemano el juego, sabía que era un falso documental y que jamás la bruja había hecho cagar fuego a los tres nabos, de todos modos tuve miedo, ni siquiera me asusté, fue un real y tangible miedo a lo que no veía, a lo imposible, a más oscuridad, a perderme y no encontrar la salida, a no poder decidir sobre mi destino si la puta casualidad me llevaba al lugar equivocado en el momento equivocado, a los extraños, a no recibir ayuda cuando se la necesite, a los bosques, a las casas abandonadas, a las gordas histéricas, a la falta de privacidad, a los pueblerinos, a la compañía no querida, a los ruidos. Miedo a sufrir miedo de verdad. Más allá del film como tal, más allá de sus limitaciones técnicas y sus lugares comunes, es una maravilla de originalidad que me dejaría marca de allí en adelante, y la horrible sensación de no saber cuando se termina lo imposible y comienza lo posible. Antes agradecía ese mismo hecho, a partir de la bruja de Blair empecé a padecer ciertos factores de ese hecho, casi todos representados por el miedo. Así llego a esa última película de las cuatro nombradas, otra que me hizo asustar demasiado, pero esa vez sin sobresaltos ni el mal con nombre y apellido, una película que  hizo evolucionar mi miedo, ubicándolo en la inminente realidad que estaba a punto de vivir.  En la calle Lavalle le pedí a una señora que me sacara la entrada para ver la película, obviamente no me iban a dejar entrar por mi edad.  Casi a escondidas entré a ver Ojos Bien Cerrados (Eyes Wide Shut, 1999), la obra póstuma del Maestro Stanley Kubrick y canalicé mis mayores miedos a través de las desventuras de Tom Cruise, porque a diferencia de la bruja o el diablo en el cuerpo de Linda Blair, la amenaza venía en otro envase, intimidante, silenciosa y resentida. El sexo estaba muy presente en mi cabeza en ese momento, aún era virgen y llevaba la conciencia que en cualquier momento eso se acabaría, el problema era como. Y de pronto veo plasmado en la pantalla como el sexo, el amor y los banales conceptos de familia son viles mentiras, porque el ser humano es frágil e inseguro. A través de una historia excesivamente simple, la película lograba escarbar en estados tan profundos y reales del hombre que yo no podía hacer otra cosa que temblar del terror. Como me pasó con Star Wars, volví a sufrir nostalgia por mi presente, imaginando un futuro donde las negaciones y los absurdos estándares de una vida normal y sana me llevarían a la inevitable insatisfacción, destruyendo la verdadera felicidad que todo joven sueña. No quería verme escapar a los cuarenta, quería hacerlo en ese momento, quería gritar de pánico y descubrir lo que deseaba sin que nada, pero nada, me determinase si estaba en lo correcto o no.
No quería llorar de viejo pensando en lo que pude ser y nunca me animé.

Con todos esos temores flotando en mi cerebro, llegó el inevitable día en que se hicieron carne. Éramos cuatro, nos subimos al coche del padre de uno de la manera más ilegal posible, sin permiso, sin edad para manejar por la calle y con marihuana y alcohol en la sangre. Vamos de putas, dijo uno, los otros dos festejaron la idea y yo tragué saliva. En la boca del estómago ya empezaba a sentir una acidez producto del terror, pero asentí en silencio, sin pensar. Desde la casa de mi amigo hasta el puterio nos separaban veinte cuadras nada más, siempre esperé que la policía nos detuviera en ese lapso, la imagen de dormir en un calabozo resultaba mucho menos intimidante que meter el pito en la concha de una desconocida. Destino evidente, Bajo Flores. La calle Varela a media cuadra de Rivadavia, pegado a un boliche de música brasilera del cual salía y entraba gente todo el tiempo sin dejar de mirar asombrados a cada pendejo que llegaba al burdel, como si nunca hubiesen visto a un mocoso caliente a punto de ponerla.
Lugar (antro) oscuro, letras de neón rojo en la puerta con el sutil nombre: Woman’s. Dentro, un bar común y corriente, sólo diferente por un escenario de madera pintada en el medio donde una “chica” bailaba (sin ganas) en un caño, y muchas más “chicas” pululaban por ahí en portaligas, bombachas y nalgas flácidas meciéndose impunemente. Nos sentamos, nos trajeron la obligada cerveza que hay que consumir mientras las muchachas se van acercando y acariciándote la nuca sin que se lo hayas pedido. Luego, si gustas de ella, le decis que se quede con vos, se sienta en tu pierna, averigua que tengas plata, se toma tu cerveza y  te lleva de la mano a los cuartos. Pero antes que la desafortunada chica que me tocó se me acercara, tuve el tiempo suficiente de visualizar todo mi alrededor y sentir como las piernas me empezaban a temblar. Porque rodeándome (no solo a mí, claro) estaban esas señoras de culos inmensos y pose de arrabaleras, hablando a los gritos y riendo cada vez que te miran, la mayoría centroamericanas, morochas morrudas que no quieren perder el tiempo, con  media teta afuera a sabiendas, la dejan ahí para calentar a quien quiera calentarse de eso.
¿Qué pasa muchachito? ¿No te calienta esto? ¿Te pongo nervioso?  Decían al pasar y se agarraban fuerte las gigantescas tetas caídas, obviamente riéndose de lo que sería mi cara en ese momento, un rostro delator del miedo que cargaba, todo blancucho y sin un solo pelo en los bigotes. Pero hubo una que tal vez me vio y se apiadó (quiero creer que fue por eso), era flaquita y menuda, al menos a su lado no sentía que un culo gordo y carnoso podía comerme por completo. Estuvo unos diez minutos conmigo, casi sin hablar, yo intentaba preguntar cosas, idioteces claramente, y ella respondía con un gesto de cabeza mirando para atrás, esperando terminar el mísero vaso de cerveza, ir a coger y continuar con la noche. Todo lo que yo podía sentir en ese momento, a ella le resbalaba sin cuidado. Entonces se levantó el primero de mis amigos, con una sonrisa de oreja a oreja, y empezó a caminar. Pero me extrañó que caminara hacía la puerta de salida y no al fondo ¿Qué pasó? Pregunté yo, cada vez mas atemorizado. Atrás es la cocina, las habitaciones están al lado, me dijo ella en el medio de un bostezo (fue la primera vez que sentí el aroma a pija ajena tan cerca de la cara). ¿Hay qué salir afuera?, mi voz aguda tembló. No pasa nada chiquito, vamos. Me agarró de la mano y me sacó, sin que yo tuviese dos segundos de lucidez donde darme cuenta que no quería estar viviendo eso.
Ella tenía un short muy pequeño, un portaligas negro y corpiño y para salir a la calle se agregó un saco transparente. Aún de la mano, salimos del local y caminamos solo dos pasos hasta la puerta de al lado, una puerta de dos cuerpos, de chapa despintada y apariencia de matadero. Tocó el timbre, de adentro tenían que avisarle si había “habitaciones” vacías. Mientras esperábamos, en el boliche brasilero seguía entrando y saliendo gente. Esa vez se detenían directamente a  mirar y reírse de como el pendejo esperaba a entrar de la mano de la prostituta. Entramos, pasillo largo que daba a sucesivos cuartos de uno por dos, todos color celeste sucio. Se escuchaban los gemidos, y se veían salir a las diferentes chicas con los clientes, pero ya no de la mano. Una vez que se paga, se acaba el amor. Y cuando entré, me bajé los pantalones, le dije que era mi primera vez intentado apelar a su buena predisposición, ella rió, se sacó la bombacha, se puso el forro en la boca y de ahí a mi pito. Muerto, flácido, inexistente. Y la chupó así, mirando el techo, hasta que me dijo que el tiempo se estaba por acabar, así que podíamos coger, y no se como lo hicimos, ella agarró la pija, la manipuló con increíble maestría y la colocó dentro de ella. ¡RING! La bocina avisó que se acabó el tiempo, ella se levantó, se lavó delante mio y salimos nuevamente al local. Y allí esperé a que mis amigos terminaran de aparecer, y la noche pasó, entre risas y festejos de mis compañeros y una sonrisa falsa y costosa en mi cara.
No voy a llorar de viejo por esta historia, de eso estoy seguro. Pero tampoco voy a reírme.

jueves, 5 de agosto de 2010


La adolescencia abarcó muchas cosas, entre aprendizajes y frustraciones, que hacen al sujeto que hoy escribe. El desconcierto hormonal, la marginalidad nombrada la semana anterior, el pesimismo creciente, la aceptación de la realidad como una inevitable parte de mi existencia, el desinterés por la vida, el fastidio crónico hacía todo ser que compartiera los días conmigo y un largo etcétera de comportamientos nerviosos y compulsivos en cadena que se potenciaron a lo largo de los años. Pero no sólo desgracias guardo en el cajón de mis recuerdos; de haber sucedido así, hoy sería una persona tan amargada y llena de rencores que ni siquiera podría escribir esta vida que me tocó con la cuota de ironía que le aplico.
Sin embargo, no dejo de mirar las situaciones con el ojo cínico. Esa posibilidad de recordar la bastarda vida que el azar cósmico me regaló con humor no es logrado gracias a mi capacidad de superar traumas, ni a una madurez conseguida con el crecimiento. Es gracias al cine, nada más obvio que ello. La etapa de acné y suciedad con gusto, la recuerdo adorable justamente por ello, por el recuerdo de la felicidad al apagarse las luces de la sala.
Siendo fiel a mi personalidad, al cine iba solo. Salvo raras excepciones en que veía una película junto al grupo de amigos de turno, siempre consideraba que ese momento era mío, mi espacio de libertad absoluta lejos de la estúpida vida común y corriente que sucedía puertas afuera. Cuando se organizaban esas salidas grupales, obviamente me avisaban, y yo no podía negarme a una invitación al cine, pero lo hacía con el mayor desgano posible. Las manadas de pendejos en los cines deben ser prohibidas, en un utópico estado de maxicracia no dejarían entrar a mocosos gritones que aparecen en grupos de veinte a ver una película sin importarles realmente, podrían estar visitando el zoológico y sería lo mismo para ellos. Gritan, hablan, se mueven, comen como si nunca hubiesen visto una bolsa de pochoclos en su puta vida. Los odiaba con todo mi ser, al igual que ahora, pero ya aprendí a no ir a ciertos horarios  si corro el riesgo de toparme con ellos. 

Los cinco años transcurridos durante la escuela secundaria (1997-2001) fueron los más prolíficos con respecto al cine. Hasta donde las faltas me permitiesen (veinticuatro nada más, hijos de puta abusadores) faltaba al colegio sólo para ir a ver una película. Me rateaba sin compañía, sin decirle a nadie, directamente no aparecía y me dirigía al centro, a los cines de Lavalle como el Atlas o el Monumental. Prefería ir a la escuela con 40 grados de fiebre, pero guardar esa falta para el próximo estreno que me llamase la atención. Así es como las tardes de semana me fueron regalando estados inolvidables y hermosos.
Estuve en uno de los mejores momentos de Tim Burton, con Marcianos al ataque (Mars Attack!, 1997) y La leyenda del jinete sin cabeza (Sleepy Hollow, 1999), dos películas burtonianas al palo, una por los colores y el humor delirante y otra por su arte oscuro y Juancito Profundo haciendo de las suyas como sólo él sabe. Presencié el efímero gusto por los volcanes en erupción con Volcano (1997), una bosta simpática con el capo Tommy Lee Jones y la torta arrepentida Ane Heche escapando de la lava en las calles de California y Dante’s Peak (1997), una bosta no tan simpática con Pierce Brosnam y Linda Hamilton con cara de arrepentida por haberse divorciado de James Cameron y tener que salir a trabajar de lo que venga. Hablando de Cameron, vi uno de los hits de la década, Titanic (1997) y no sufrí decepción porque todo estaba cantado antes de empezar la película, tengo que admitir que más allá de la pedorrisima y poco inspirada historia de amor entre la Winslet  y el DiCaprio, cuando el barco la caga, lo hace con toda la onda. Lástima la duración, las actuaciones (Kate no, ella es grosa todo el tiempo), lástima los diálogos, la historia… lástima toda esa película, salvo cuando el barco la caga, porque lo hace con toda la onda. Ya que sigo con las relaciones, recuerdo grandes mierdas como La Momia (The Mummy, 1999) con Brendan Fraser, la sorpresa que me llevé al enterarme que no estaba viendo una película de terror sino una de aventuras familiar me hizo enojar mucho, realmente no sabía nada de la película antes de entrar al cine. Comodines (1997) una de acción nacional con Adrian Suar y Carlos Calvo (¿?) fue todo lo que ya sabemos, de tan idiota, fea y sencillamente mala, la hace pasable. En ese año también vi la que hoy considero la peor película de mi vida, Batman y Robin (1997) y no voy a decir nada de ella porque dije que mis recuerdos eran felices, si me pongo a detallar lo que pienso sobre éste film voy a terminar cambiando mi perspectiva.


Estuve en el nacimiento artístico del indio M. Night Shyamalan dirigiendo Sexto Sentido (The Sixth Sense, 1999) y conocí a Spike Lee cuando descubrió que existían actores blancos con S.O.S. Verano infernal (Summer of Sam, 1999), ambas buenas películas, aunque la de Lee me gustó bastante más. Leguizamo es groso. Me colé a ver esas películas prohibidas para menores de 16 con la emoción del niño rebelde, Criaturas Salvajes (Wild Things, 1998) la rompió, una maravilla al borde del ridículo y la estupidez que no paraba de funcionar y sorprender. Matt Dillon, Kevin Bacon y Bill Murray es todo lo que se necesita, también había escenas de amor lésbico e indicios de masoquismo, un combo espectacular para el deleite del joven curioso. Invasión (Starship Troopers, 1997) de Paul Verhoeven estallaba, una montaña rusa drogadicta entre los insectos del espacio exterior, el héroe porteño y sangre, tripas y cosas asquerosas por doquier. Maravillosa, tanto como el renacimiento del muñeco diabólico. La novia de Chuky (Bride of Chuky, 1998) trajo de nuevo al mundo a una franquicia muerta varios años atrás, y lo hizo de la mejor manera, llena de humor absurdo y con Jennifer Tilly a punto de reventar el corpiño. 
 En este tiempo, se consolidó mi amor por ciertos directores. La primera película que veo en cine de Woody Allen es Los Secretos de Harry (Desconstructing Harry, 1998), hoy sigue estando en mi top five de Allen sin lugar a duda. Al año siguiente vi Celebrity (1999), una no tan espectacular película pero si con todo la mezcla y acidez que el judío de New York sabe manejar de manera única. Se estrena El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1999) de los hermanos Coen y mi cabeza hace ¡Pum! Jeff Bridges se compró un lugar en mi corazón para la eternidad haciendo del “Dude” y todo en ese film, todo, es de lo mejor que parió el celuloide en sus poco más de cien años de vida. Luego vería ¿Dónde estás hermano? (Oh Brother, where are thou? 2000) y los Coen se aseguraron un fanático más en su larga lista de fanáticos. Alcanzo la gloria con Terry Gilliam y su Pánico y locura en Las Vegas (Fear and loathing in Las Vegas, 1999) así como con David Lynch y su Carretera Perdida (Lost Highway, 1998). Ambas películas me dejaron el culo en la nuca (por decirle de algún modo), cada una por sus diferentes razones. Gilliam me hizo viajar y delirar, en cambio Lynch me dejó mudo, sin saber que había pasado, desconcertado y nervioso. Gracias a ellos, el cine no dejó de hacerme creer que la vida gris e insípida jamás lograría acercarse a tal nivel de maravilla.
Todas esas y unas cuantas más que no nombro hicieron mi felicidad juvenil. Pero hubo cuatro momentos que significaron el todo, cuatro películas que justificaron mi ser. Dos de ellas fueron estrenos, las otras dos, reestrenos de viejos clásicos. Y lo dejo para la próxima, porque el exceso de palabras puede  ser perjudicial para su salud.
                                                                                              Continuará…
 

viernes, 30 de julio de 2010


No se cuanto de verdad hay en esto, pero he escuchado decir que el lugar de donde provenimos dice más de nosotros que nuestra propia personalidad.
En aquellos años de secundario, la marginalidad estaba a la vuelta de mi esquina, ni siquiera tanto, estaba en la puerta. Y aquí llego a tratar un punto delicado como es definir que es marginalidad. No me interesa ningún aspecto social que pueda encajar en estúpidas e inservibles encuestas de diarios amarillistas, menos entenderla como algo relacionado de manera exclusiva a la seguridad (o la falta de ella), no separo en colores de piel ni clases basadas en el poder económico como a Nietzsche le hubiese gustado, sólo cuento aquella realidad que alguna vez me tocó vivir. Por esos años, todo lo que conocía como prohibido por parte de mi educación se presentaba delante de mí como una opción de rebeldía. Entonces, mi concepto de marginalidad se basa en la posibilidad inmediata de romper las reglas que hasta ese momento creía correctas. El hecho que todo pasara en una zona considerada marginal por todas las otras cuestiones que antes nombré, puede ser mera casualidad.  
Mi colegio quedaba (aún queda) en Bajo Flores, desde la terraza se podía ver completo el hospital Piñero y detrás de aquel paisaje de edificios derruidos se levantaba majestuoso el cementerio de Flores, si uno se esmeraba podía llegar a leer que decían las placas en los panteones. Mirando para el lado contrario se veía a la perfección el Fonavi (Fondo Nacional para la Vivienda) del Bajo, una iniciativa de Perón en su último mandato de convertir las villas miserias en complejos de monoblocks, para que terminaran pareciendo islas aisladas del resto de la ciudad que imponían más miedo que las villas que antes existían allí.  Justamente de ahí venían los muchachos que se juntaban en la puerta del colegio todas las tardes. Tenían muchas buenas razones para estar allí: enamorar a las inocentes niñas de primer año, vaguear hasta que le salieran costras en los huevos, intimidar a los pobres pendejos asustadizos y posar en su imagen de chicos malos delante de una institución religiosa como mi secundario era. Para mí, sólo estaban para vender drogas (antes de eso, para hacerme conocer las drogas), por lo tanto todo lo demás que pudieran hacer me resbalaba. Estaba “el Soto”, “el Guille”, “Cataña”, “el cata”, “Sotito”, éste último era el hermano menor de “el Soto”, de ahí su sobrenombre. Todos ellos eran chicos buenos. Tenían una reprochable necesidad constante de portar armas, robar y matar si era necesario, pero no por ello dejar de ser los muchachos con los que te da ganas de perder el rato.

Cuando estaba en segundo año, al “Soto” le pegaron un tiro en la pierna, durante meses lo vimos llegar con las muletas a la puerta del colegio, después no lo vimos más porque había muerto de gangrena. Destino cruel. Pero la anécdota es otra, sinceramente “el Soto” me refriega los testículos. Al parecer era un picaflor como pocos, un Don Juan del Bajo Flores, un machote con mucho esperma utilizable. Al abandonar la Tierra, empezó a aparecer un desfile de chicas embarazadas, todas llevando el producto del semen de “el Soto” mezclado con un ovario activo de la chica de turno. Vuelvo al punto anterior, porque el prejuicio es una línea tan delgada que puede ser cruzada sin quererlo, y una vez que llegamos al otro lado, difícil es volver. Pienso, ¿en otro lugar las chicas hubiesen actuado de otra manera? En otro estrato social, ¿las cosas se hubiesen resuelto en paz? No lo se, no quiero saberlo en verdad, la realidad que me tocó es esta y punto (¿Vieron? Acepté mi realidad). Les pregunto a ustedes, antes de saber como continúa la historia ¿Qué hubiesen hecho si llevan un crio de un muerto y se enteran que como ustedes hay más de tres en la misma situación? Que aborten, es la respuesta más rápida. Pero el aborto es para nenas blancas que dicen estar en contra del aborto, es para hijas de padres pudorosos que prefieren pagar un aborto antes de sufrir la humillación pública de una hija adolescente embarazada. Siempre está el confesionario para lavar cualquier culpa. Para las otras, las nenas que no pueden pagarlo, queda el embarazo, la maternidad antes de los quince, queda lo que ya conocemos como marginalidad.
Sin más preámbulos, una tarde de agosto en la escuela nos enteramos que esa tarde las chicas preñadas (todas estaban el colegio) se pelearían a mano cruda por el amor del muerto. Honestamente, no es tan descabellado, la que ganara diría que “el Soto” sólo la amo a ella y ese hijo llevaría su apellido, y él no estaba para decir lo contrario, no había manera de contradecir a la muchacha vencedora. Pues, esa tarde, ahí estábamos todos expectantes: los de quinto año reían pensando en ver a cuatro nenas pelear a puño limpio, los curiosos como yo esperábamos conocer como peleaban las chicas, tal vez agarrándose los pelos y tirándose al piso entre llantos. Toda la previa era excitante, la calle estaba vacía ahí en la esquina de Zuviria y Lafuente… Bueno, vacía de vecinos y posibles policías, éramos casi doscientos pibes con uniforme de colegio en ronda esperando ver el espectáculo. Y llegaron, hablaron primero algo que nadie lograba escuchar e inmediatamente empezaron los puños. El recuerdo me asusta hoy en día, esas chicas no se tiraban de los pelos acompañadas de gritos agudos. No, esas chicas se mataban a golpes duros y patadas. Se rompían la cara, ¡y eran cuatro! Volaban trompadas para todos lados, caían dientes al piso como si nada pasara, caían con todo el peso de sus cuerpos al piso y venía otra a caerle encima y martillarle el cráneo a golpes.  El show se puso agresivo, nada cómico. Las separaron porque cualquiera podía morir en aquella pelea, y todos los presentes nos mirábamos con caras de culpa mezclada con sed de sangre. Como los romanos, pero en plena década del noventa y en Bajo Flores. Me fui a casa con necesidad de ver una película, de perderme en la nebulosa irreal que me alegraba los días, la realidad del día había sido demasiado para mí.

¿El final de la historia?  ¿Qué pasó con las chicas embarazadas?
Vamos, este es mi blog, es mi historia. La de un nene puto con miedo a salir a la calle y vivir ¿Acaso no puedo darme el lujo de bajar línea sobre lo que pienso sin medir en cuanta coherencia tenga dentro de la historia general? Es mi catarsis, mi modo de ver el mundo que me rodea y al que no le guste… al que no le guste, que no lo lea más.

martes, 20 de julio de 2010


Un breve resumen:
Fue una infancia ausente de machismo. No había modelo masculino que seguir, entonces la mujer tomó el mando y se hizo omnipresente. El niño no se convenció con ese nuevo estado matriarcal y buscó por medios alternativos, pero fue  tan decepcionante el resultado que se quedó sin imagen paternal a la que hacer referencia. Ahí es cuando llegó a un punto donde se preguntó, ¿Acaso mi madre ha sido invisible para mi? Esto que soy ¿Es producto de la casualidad y nada más? El niño descubrió que él era producto de una colección de absurdos miedos, todos caracterizados con la cara de la madre-diablo. El joven no quiso dejar de ser niño, decidió que toda mujer que se le cruzara fuese tan intimidante como él creía debían ser todas las mujeres. Por eso creció sin haber logrado comprenderlas, porque les tenía miedo.

Una mediana introducción:
En los últimos años del secundario, la época de mayor ebullición hormonal, el sexo era el tema recurrente, la cantidad, la calidad y la novedad.
Dividido así, en categorías sexuales, mi grupo estaba conformado por el chongo exagerado que todo lo cogía, el callado que todo lo cogía, el amanerado que casi no cogía, el que cogía con su novia y el que cogía cada vez que se visitaba un prostíbulo. Uno de ellos era yo.
Había una chica muy rápida en el colegio, era más chica que nosotros pero ya guardaba pijas en el expediente como para ser famosa por los pasillos. El chongo se la cogió un día, y se enteró que tenía ganas de cogernos a todos sus amigos. Por separado, claro está. Lo único que teníamos que hacer era una tarea mínima y despreocupada de chamullo sabiendo que el resultado estaba cantado. Con el orgullo en juego, acepté ser parte de la eterna humillación de la jovencita. No me preocupé, era tan malo tratando de encantar a cualquier mujer que estaba seguro que jamás llegaría a la cama con ella. En dos semanas ya se había enredado con tres de mis amigos, me tocaba el turno a mí y fui convencido que la cagaría con sólo abrir la boca, podría ser la más puta pero seguía siendo una nena y si yo era lo suficientemente lelo como creía serlo, ella no sabría como avanzar. Pero ella quería coger, nada más. No le importó mi falta de palabras, le pareció simpático. Esa tarde me dijo que a la salida del colegio fuera a la casa, que no había nadie.  

Una no tan breve anécdota:
Ahí estaba ella, uno de mis tantos fallidos intentos de pertenecer a la exclusiva elite heterosexual. Estaba desnuda, con las piernas abiertas, diciendo en un grito agudo y exasperante mientras se retorcía las tetas “Cojamos ya”. Yo no podía,  una extraña culpa moral me invadía pero era la pija a medio morir la imposibilidad real.
Demasiado agujero lubricado.
Ella gemía y decía ¿Tenés ganas? Empecé a tener asco de esa cueva y los colgajos de carne a su lado. Comencé a preguntarme si esos labios carnosos serían capaces de morderme la pija si lograba meterla por ahí.
¿Pasa algo?, me preguntaba.
Todo, pasa todo, pensé yo.
La vulva latía y ella seguía jugando con sus pezones como tirabuzones. Pensé en comerla, pero la sola idea me provocó tanto asco que la pija media muerta pasó a un estado vegetativo automático. Llenarme la boca de aquel flujo pegajoso que borboteaba de su entrepierna no era la mejor que se me podría haber ocurrido. Colé dedos entonces. Junté el índice con el dedo mayor. Junté aire para evitar la arcada. Y le di. El dedo pulgar hacía arriba dibujando una pistola mágica que se apoyaba a la perfección sobre la pared vaginal impunemente peluda, mientras los otros dos dedos se enterraban en la masa húmeda interna. Empujé, saqué, volví a meter. Trazaban un círculo dentro. Le hacía cosquillas en la punta del útero. La loca gritaba. Me agarraba los pelos y empujaba mí cabeza hacía delante 
¿Estás loca?, acabo de decir (no en voz alta seguramente) que no voy a meterme eso en la boca. Tu concha es sucia y  olorosa como todas las demás. Continué haciendo bailar mis dedos adentro suyo y la pendeja calentona me pedía a gritos que le saque esos dedos de ahí y le metiera la pija. Pero ella no podía ver el estado en que se encontraba mi pito, de tan metido para dentro parecía que iba a terminar saliéndome por el culo.
No puedo meterle esto, ni siquiera va a entrar. Me la voy a aplastar al intentarlo, pensé.
Saqué los dedos empapados en flujo viscoso. Los miré de cerca. Una gota densa y pesada empezó a resbalar por el dedo índice. Recorrió la palma de la mano ante mi espantada atención. Nada sutil me limpié sobre su panza y le sonreí.
¿Estás bien?, se la veía intrigada. Buscó la pija entre mis piernas, no me di cuenta al instante. Antes de poder esconder la patética salchicha flácida de sus manos, ya la había atrapado. Podía estar fingiendo el mínimo de placer e interés en ella, pero no por eso bajar la guardia de mi machismo y regalarle la imagen de mi nula excitación.
Relajate, no hay problema, me dijo.
Lo se, es que me siento un tonto, le respondí, y supe que merecía un oscar de la academia por el modo.
Vamos a quedarnos así, abrazados, dijo en toda su condescendencia.
Putisima madre de Dios, dije para adentro. Aunque admito lo mucho mejor que esa opción era frente a la otra posibilidad de intentar cogerme a esa chica que en mi cabeza era el ídem a una bolsa de porotos. Y la abrasé. Y hablé de incoherencias varias y gratuitas hasta que me quedé dormido. Y soné con un océano de pijas donde un barco naufragaba, pero la gente no moría porque flotaba entre millones de penes esponjosos. Yo estaba ahí, en el medio del tumulto.
Desperté con el extraño sueño y la vi al lado, dormida con la boca abierta y la baba caida a un costado. Ese día me propuse nunca más confiar en un agujero que esté delante.

martes, 13 de julio de 2010


Recuerdo la adolescencia como un conjunto de situaciones abarcadas en una brecha de tiempo exacta que duró de cierto día a cierto otro, donde una mañana dejé de ser un adolescente y me convertí en adulto, sin más. Se me hace casi imposible fragmentar los hechos de modo que aquellos años vividos guarden una coherencia inevitable y fundamental para encontrarle sentido al presente. Mezclados y desordenados llevo los recuerdos de toda una etapa, como un gigantesco bolillero lleno de  situaciones que van siendo escupidas a la memoria por obra y gracia del azar sin una razón o lógica.  
No estoy seguro si mi primera experiencia sexual fue antes o después de haber fumado mi primer porro, tampoco si probé la homosexualidad antes o después de haber tenido un hijo, no recuerdo si cometí mi primer delito antes o después de haber estado preso por vez primera y menos si me enamoré de verdad antes de haber llorado por alguien, dudo de haber escuchado un disco completo de The Rolling Stones antes de volverme un stone, no se si aprendí a cocinar una milanesa antes o después de irme a vivir con una novia obsesiva, obesa y evangelista, no tengo idea si empecé la adolescencia aburrido o si me aburrí al finalizarla.
Es un modo fácil de sobrellevar la causa y efecto. Permite librarme de cualquier malestar por haber provocado un inevitable estigma en mi adultez y me mantiene convencido que la culpa es de la casualidad y sus imprevistas vuelta de tuerca. 

Yo no lo provoqué, fue mala suerte.

Pero eso deja en paz mi alma sólo en partes, porqué la necedad tiene sus límites, hasta para mí. No recordar el cronograma de hechos que hicieron al ser que ahora escribe lo convierte en un bastardo sin historia, me convierte en un hombre sin justificación. Estoy porqué estoy, sigo porqué hasta ahora nadie me dijo que abandone. ¿Dónde quedó el Héroe? ¿El villano? ¿El dios? A eso mismo me refiero, no se si los abandoné antes o después de darme cuenta que no era ninguno de ellos.
La vez anterior escribí que sólo en una cosa no quería convertirme, un adolescente perturbado y aburrido. Pues en eso me convertí, pero no recuerdo exactamente porqué. A la distancia sólo guardo la certeza que en el primer año en secundaría ya era  un púber amargado y rencoroso y no cambié en los sucesivos años juveniles. Sin preámbulos, metí todos esos adorables sueños infantiles de muerte y destrucción en una bolsa negra de consorcio y a la mierda la lancé. De un día para otro ya no quería ver el mundo destrozado, ni a mi madre muerta, no me interesaba ver a mis enemigos imaginarios despellejados ni me imaginaba a mí como un invencible justiciero de la nada. Simplemente viví, día a día sin vacilación. Juntando recuerdos y guardando sin referencias en el archivador, conciente que ya no existirían más enseñanzas en cada experiencia.

Hoy, la falta de línea argumental de mi pasado no me afecta. Con el tiempo aprendí a mirar para atrás con cariño, cierta gracia y sin nostalgia. Porque en definitiva seguía siendo igual pero sin las alucinaciones (sueños, esperanzas, delirios) del niño existencialista. Los miedos acerca de la realidad-mentira seguían siendo los mismos y el cine seguía siendo mi mejor amigo y aliado, pero la diferencia estaba en que ese momento (la adolescencia) no dedicaba tiempo a estar a solas conmigo. Aquí vuelvo a un punto anterior, no recuerdo si me enemisté con mi persona porque comencé a usar drogas o comencé a usar drogas porque me enemisté con mi persona.
Pero no solo de drogas he vivido. Es más, siendo sincero, hasta los dieciséis no me drogué como corresponde (en cantidad y calidad). El conjunto de esos años me dio muchas otras cosas más allá de las ya mencionadas drogas y las demás obvias como el sexo, la noche o Family Guy.
Me dio amigos, y una buena cantidad de miserables anécdotas que no deberían ser contadas.
Así me despedí de la infancia, relegándola a un costado en la historia de mi vida, todo porque no fui capaz de creer en que todo lo que deseaba podía pasar. Me llevé encima los traumas y los odios y dejé guardada la seguridad que algún día le iba a dar al mundo entero bien por el culo. De todos modos, ese pensamiento no lo perdí, pero a partir de ese momento lo enfoqué en proporciones más chicas.
Quizás el montón desprolijo de recuerdos  haga que la balanza entre momentos buenos y momentos patéticos sea justa. Al menos que parezca.


lunes, 5 de julio de 2010




Faltaban dos meses para comenzar el colegio secundario. Por esos años, el calentamiento global y sus notables consecuencias no eran temas comunes ni conocidos, yo andaba todo el día en pantalones cortos y remera sin sofocarme por los calores pero tampoco refrescándome en alguna pileta. Parque Chacabuco abría las puertas de su natatorio público por la temporada estival, se parecía mucho a ¡Cuidado! Hércules Vigila (The Sandlot, 1993) En esa película un viejo recuerda sus divertidos e inocentes años de infancia, los cuales transcurren en la década del cincuenta y tienen muchas escenas en la pileta porque también transcurre en verano como este relato. Igual que en el film, pero con sus notables diferencias dado que una cosa es Estados Unidos cinco décadas atrás y otra muy diferente es Buenos Aires finalizando los noventa. En vez de una salvavidas simpática, rubia y de prominentes pechos juveniles a la que todos los mocosos le dedicaban su idílico amor había (aún hoy está el mismo) un bañero de bigotes tupido, maya ajustada resalta bultos y panza peluda. No era pederasta aunque su imagen jurara lo contrario, se pasaba el día completo buscando mamás divorciadas a las que seducir con su aroma a macho desgastado. En vez de una pandilla de pendejos colorados y pecosos que corrían alrededor de la piscina había una pandilla de pendejos tenebrosos y grasosos que robaban las monedas de los más pequeños. En vez de agua limpia y transparente había un caldo cultivado y marrón donde nadar. En vez de madres pulposas en bikinis sugerentes había madres obesas, sin pudor alguno, en bombacha y corpiño. Ahora que lo pienso no se parecía en nada salvo en ser una pileta pública de barrio, pero que me importa a mi si ya dije que no me refrescaba en ninguna. Ni siquiera salía de mi casa. La introducción está para algo, pero la historia va hacía otro lado.


Después de haber vivido ciertas experiencias en los últimos meses tenía un temor creciente en mí, era un miedo a que la fantasía perdiera fuerza frente a la realidad. En mi memoria tenía recuerdos más vividos de los curas chupando pija adolescente que de Samuel L. Jackson en traje negro, y eso me tenía mal. Me aterraba la idea que el cine no pudiese superar la cruda y espantosa vida real. De todos modos seguía pasando los días encerrado con el ventilador en la cara y el VHS encendido las veinticuatro horas. Fue por ese verano que empecé a jugar con los subgéneros, tal vez buscando aquel que me devolviera la certeza que la vida era tan aburrida como siempre prometió serla.
Gracias a Misery (1990) me meto en el suspenso básico e intimo. Recordar a Kathy Bates rompiendo las piernas del pobre lisiado James Caan me logra poner nervioso todavía. La gorda es uno de los personajes más siniestros que hayan existido, su calma para actuar, sus apariciones por detrás de las puertas en medio de la noche, su rostro delatando la locura que en cualquier momento puede estallar y todo se irá al carajo si sucede. Kathy Bates es una grosa como pocas, pero ¿Qué más? Para viejas locas donde depositar mis miedos absurdos seguía teniendo a mi mamá en el cuarto de al lado.  

En esas noches vi por primera vez El silencio de los inocentes (Silence of the lambs, 1991), otra obra maestra del suspenso lento y cuidado, basado en la fuerza de los personajes y sus miserias humanas más que en situaciones con sangre y persecuciones. Anthony Hopkins es lo que todos ya saben, un actor único capaz de hacer una marca registrada solo de rechinar los dientes. La película en total es lo que todos ya saben también; oscura, profunda e inquietante. Personajes así me regalaban la esperanza que el celuloide aún podía depararme sorpresas, pero faltaba un tanto. No creo que un psicólogo caníbal apareciera en cualquier lado, pero tampoco era imposible que pasara. Tuvimos en la Argentina un dentista que mató a escopetazos a toda su familia y tenía una amante bruja que hacia Vudú. Barreda no será Hopkins, pero hay que admitir que tiene onda con esa cara de enfermo reprimido. Mete miedo de verdad.
Luego vería Los sospechosos de siempre (The Usual Suspects, 1995) y Pecados Capitales (Seven, 1995). Excelente dupleta de Kevin Spacey. Ambas, aunque diferentes entre sí, son zarpadas películas de suspenso psicológico que mantienen en vilo al espectador durante todo el rato. Y Morgan Freeman es lo más donde esté, pero si es un policía viejo y calmo, mejor aún. Estaba contento con las películas vistas, pero la incertidumbre continuaba.
Así llego a relacionar con el principio de la historia. Mi madre apareció cierto día a obligarme a ir a la pileta, creía ella que estar todo el día mirando el accionar de asesinos psicópatas podría hacerme mal. Pobre idiota.
Me dio plata para pagar el abono del lavatorio público y algo más para comprar el almuerzo. La cantidad de plata necesaria para entrar al cine, recuerden que en aquellos hermosos años la entrada al cine salía 7 míseros pesos. 3.50 al primer horario. Entonces me rateé de un día bajo el sol para encerrarme en la cálida y amable oscuridad de una sala cinematográfica. Y como caída del cielo aparece como posibilidad para ver, Scream (1996). Ahí estaba, frente a mi gran nariz, la respuesta a mis plegarias. Toda esa sangre, todos esos adolescentes idiotas corriendo, todo ese humor estúpido pero efectivo. Recuerdo mi emoción y alegría, estaba extasiado de placer por el gore naif. Nacer a mediados de los ochenta significó haber crecido con el género de terror muerto, desaparecido, relegado al directo a video con bostas baratas e insoportables. Las grandes maravillas del terror se habían acabado, en los noventa casi ninguna se estrenó en cines y prometía seguir así hasta que Wes Craven nos dejó con el culo alegre. Volvía con todo, criticando el mismo origen del cual provenía, riéndose de los lugares comunes y no dejando de hacerlos sin embargo. 
Como todo éxito, no quedó ahí. Lo que fue una idea original se transformó en una franquicia, además de hacer nacer el subgénero de asesinos disfrazados mata tetonas versión siglo 21. En poco tiempo aparecería el pescador fantasma de Se lo que hicieron el verano pasado (I know what you did last summer, 1997) y el asesino con un abrigo oscuro con un borde de piel alrededor de la capucha de Leyenda Urbana (Urban Legend, 1998). Como todo éxito, lograron usarlo hasta el cansancio y la estupidez. Jóvenes Brujas (The Craft, 1997) es un claro ejemplo. Hasta Robert Rodriguez se tentó con la idea de hacer plata fácil, Aulas Peligrosas (The Faculty, 1998) juega con el tema repetido pero le mete su marca drogona ya que acá los malos son los profesores que vienen del espacio exterior (Berp). Y las malditas secuelas eran peor, Todavía se lo que hicieron el verano pasado (I still know what you did las summer, 1999) no tiene razón de ser, es Muy mala. Pero me contradigo al instante de decirlo, Scream 2 (1997) me gustó, hasta un poco más que la primera. Creo que en el caso de Scream, lo que vale -además de haber renacido el género- es su capacidad de avisar de antemano lo que se va a ver. Como dije antes, juega con lo conocido, riéndose de sus escasas posibilidades. No puedo enojarme ni criticar Scream, nos dio mucho. Porqué cuando se agotaron las posibilidades, se acabó como todo. Pero pienso que no hubiese sido posible sin la película de Craven que un día Danny Boyle hiciera Exterminio (28 days later, 2002) y renaciera el subgénero de zombies. Larga vida al dios Wes.
Sin embargo, siempre tenía que buscarle el pelo al huevo. No tenía ni la más puta idea que carajo quería ser en ese momento. Tenía dudas existenciales como cualquier joven confundido ¿Quería ser un dios, quería ser un  héroe, quería ser un asesino de saco y corbata o quería ser un serial killer disfrazado? Lo que claramente no quería ser era un adolescente perturbado y aburrido, aunque sí estaba sucediendo.