sábado, 29 de mayo de 2010

Creía en una razón de mí persona mayor a la natural como mecanismo de defensa ante una realidad futura que prometía ser patética y llena de traumas; a él, en cambio, todo le chupaba un huevo. Repetía una y otra vez la necesidad de encontrar una justificación a la vida; él me respondía, una y otra vez, que me dejara de joder con planteos idiotas y fantasiosos. Trataba de convencerlo de odiar a la gente que lo rodeaba sólo por el placer de hacerlo; él trataba de convencerme de querer a la gente sólo para estar en paz conmigo. Le presenté a mi madre para que compartiera mi odio incondicional; él prefirió perder tardes completas tomando mate con ella, a tal punto que de su boca salía un reto cada vez que repetía la idea de matarla. Le decía constantemente que era un pelotudo por estar tranquilo y despreocupado ante la vida; él me decía constantemente que era un pelotudo por quejarme y buscar un problema en cualquier situación.
Discutíamos a toda hora, en todo lugar y por toda razón; nunca estábamos de acuerdo ni nunca pensábamos igual -o al menos parecido- y sin embargo, no podíamos estar separados porqué compartíamos el misterioso placer de la mutua compañía excluida del montón restante. Lo que en mí era buscado en gran parte, en él estaba implícito; no nos querían, nos relegaban al costado, nos miraban de reojo, nos insultaban y nos gritaban insultos por momentos (admito) demasiado ingeniosos, mucho mejores que los que ya conocíamos individualmente. Nosotros; orgullosos felices, dos idiotas conscientes de serlo.
Fue la primera persona que me obnubiló; escuchaba cada palabra salida de su boca con atención e interés -en especial cuando podía verle los dientes podridos y deformados que me causaban buenas cantidades de carcajadas-, comprendía su postura ante los hechos fortuitos de la vida y sinceramente me alegraba cada vez que él lo hacía, era mi mejor amigo sin duda alguna. Me cambié de banco en el colegio para sentarme a su lado (éramos los únicos dos que se sentaban solos) y así compartir el walkman, un auricular para cada uno; pasaron los últimos años de primaria sin haber escuchado una sola palabra de las maestras. Pienso, hoy, en que aquello fue posible gracias a la fealdad de él; de haber sido un niño bonito me hubiese confundido pero como no lo era estaba bien en claro que quería a mi amigo simplemente por ser él y no por ser un muchachito forzudo y pre chongo.
Juntos comenzamos las maratónicas tardes con Los Simpsons, podíamos repetir frase tras frase y diálogo tras diálogo. Perdíamos largas horas contando anécdotas de Springfield como si hubiesen sucedido a la vuelta de la esquina, así estallábamos de la risa la mayor parte del tiempo y así cada uno aprendió del otro; por mí lado aprendí a no amargarme tanto y él, por su lado, aprendió a creer que el mundo sí era suyo, pero cuando intentaba volver al tema de convertirme en un villano para torturar a la humanidad, él simplemente me mandaba a la mierda. Lo increíble de él era que real y sinceramente le importaba nada todo lo que sucediese delante de sus ojos (si se quitaba los anteojos culo de botella no veía lo que sucedía delante suyo literalmente, pero el comentario fue en sentido figurado), decía que no debíamos preocuparnos porqué éramos chicos y lo que debíamos hacer era joder y disfrutar; fue una de las enseñanzas más grandes que recibí.
Con esa nueva perspectiva empecé a ver ciertas cosas con otra cara, como ir al parque. La primera vez entré en pánico al ver esa cantidad de pendejos, madres, perros y ancianos juntos bajo el agradable sol de domingo a la tarde, al pisar el verde quise salir corriendo para atrás y encerrarme en mi habitación a ver una película pero él me frenaba y convencía que una tarde al aire libre no iba a matarme. Esas tardes veíamos a la murga del barrio ensayar para los carnavales, de esa manera comenzó mi repulsión a la murga; también espiábamos sin verdadero interés algún partido que se armaba por allí, hasta que una vez le tiraron un pelotazo adrede a la cara de mi amigo, le reventó los anteojos y se lastimó todo, cierto es que en ese momento reí como pocas veces lo hice pero cuando vi los hilos de sangre correr por sus mejillas me asusté un poco, nos levantábamos insultando y nos fuimos de allí con el porte invicto (solo el porte) a pesar que a nuestras espaldas la muchachada se retorcía en el suelo por las risas, en esos momentos quería él matar a todos, en esos momentos aprovechaba yo para llevarlo a la oscuridad de la mente, pero era tan volátil que al rato se despreocupaba y volvía a amar a todos por igual.
Por él acepté ir de viaje de egresados de séptimo grado, todavía se lo reprocho hoy en día. Está bien que me haya dado ciertas esperanzas y alegrías pero no se como pude dejarme convencer que diez días sin televisión y rodeado de pendejos como yo podía ser buena idea. Mala idea, muy mala idea. La próxima les cuento porqué.  


jueves, 20 de mayo de 2010


“I feel drunk but I’m sober (…) I’ve got one hand in my pocket. And the other one is flicking a cigarette... “

Toda transición es un proceso lento, agotador y aburrido; así también como necesario.
El personaje iba armando su forma física y visible en base a las experiencias vividas, experiencias que no guardaban ni una poca de lógica o razón, simplemente un montón de situaciones que sucedían en mí vida de persona normal y que luego las transformaba en enseñanzas según la conveniencia del momento. De ese modo, cada recuerdo que hoy guardo de aquellos años infantiles no llevan ni una sola prueba de haber sucedido así como creo recordarlos. La realidad, como antes ya he dicho, perdía importancia frente a las maravillosas posibilidades que la fantasía me otorgaba; dicho de otra manera, la verdad se convertía en una herramienta funcional a la mentira que sería mi vida. Gradualmente y en escala me convencía que todo era posible, sólo así pude creer en un corto periodo que era dios, luego un Héroe al espantarme con la idea de la religión, para terminar sumándole el prefijo Súper al Héroe porqué por si sólo era poco y andar por la tierra seguro que el mundo me necesitaba a pesar de que yo no tenía ni la más mínima intención de hacer uso de mis poderes en pos del bienestar universal.

Los poderes fueron un tema aparte en realidad, hasta ese momento no los había descubierto, no poseía certeza alguna de tenerlos salvo en mi mente ni alguna sospecha de cuales podían ser; sin embargo, llevaba la seguridad que al reconocerlos y hacer uso de ellos ese mundo asqueroso y vil que me rodeaba se pondría de rodillas ante mí. Complejo de divinidad pueden llamarlo, aunque aburrimiento crónico me gusta más. Conjugar el poder de la masturbación sin freno más el poder de ver películas de temáticas prohibidas o simplemente asquerosas hasta el cansancio no era lo que se suele llamar un superpoder, hasta yo era consiente de ese hecho. Debía encontrar ese detalle chiquito que me hiciese sobresalir de la mediocre media humana. Volar era aburrido, además de que Christopher Reeve acababa de caerse del caballo demostrando como podés ser Superman y no tener escapatoria de quedar igual a una planta decorativa en el living el hecho de planear en el aire me parecía estúpido, si le agregaba el accesorio de pajearme mientras volaba y poder acabar en las cabezas de los ciudadanos la cosa podía ponerse interesante pero de todos modos,  no aprendí a volar. La súper fuerza… está bien que viviera en una realidad inventada pero tampoco la pavada, hasta mi vecinita de siete años me corría con intención de darme una paliza cada mañana; también podría haber intentado ser un poco más sensato y buscar un superpoder que no requiriera haber nacido con el, como le pasó a Bruce Wayne; pero en ese caso en particular me destruyó la fantasía la horrible realidad de fin de década menemista, se venía la crisis y en mi hogar (real hasta en la pintura descascarada de la pared) el dinero para financiar posibles armamentos lujosos era tan ilusorio como todo el resto de mis sueños. No me decepcioné frente a esa escasa cantidad de posibilidades… como les dije, estaba en una etapa de transición y no me cabía la menor duda que en el momento menos esperado aparecería ante mí frente  la divina revelación de mí existencia.

Por ese entonces MTV era un canal de música y no una fábrica de cámaras testigos en la vida de estadounidenses estúpidos. Comienzo a alternar mis inagotables horas dedicadas al cine con horas mirando video clips tras vídeo clips, y si piensan que nada tiene que ver esto con todo lo contado antes demuestra como ustedes todavía no están listos para comprender a este Superhéroe que relata.
Conozco a Alannis Morrisette cantando “Hand in my Pocket” y lo primero que hago es conseguir por el medio que sea ese disco (robé la plata de la cartera de mi madre). Jageed Little Pill es un disco que desborda amargura y resentimiento, razones suficientes para que se encuentre en mi discografía como un favorito eterno. Fue uno de los primeros discos que elegí de las bateas y escuché hasta el cansancio, me encantaba. El video de “Ironic” en el que ella está multiplicada por cuatro es sencillamente genial y todos los temas, a pesar de entender la mitad de lo que decían, me provocaban una nostalgia hacía algo que desconocía. Por el mismo tiempo cruzo con un video extrañísimo y hermoso a la vez, un feto canta dentro de la panza materna nadando en líquido amniótico al ritmo de una melodía tan densa y oscura como hipnotizante gracias a las notas desafinadas de la cantante. En un magnifico dos por uno descubro Mezanine de Massive Attack y a Elizabeth Frazer, voz de Portishead. El segundo disco que conseguí tener fue en cassette “No need to argue” de The Cranberries, otro maravilloso compilado de frustraciones y dolores existenciales, con la misma premisa escuché hasta hacer sangrar los oídos “Mellon Collie & The Infinite Sadness” de The Smashing Pumpkins. Me enamoro fugazmente de Shirley Manson, líder vocal de la banda Garbage, con su tez pálida, sus labios rojo carmesí y la voz de un ángel caido. Todo el disco Garbage del año 1995 me estremece aún hoy en día, el tema “Milk”  por sobre todo. 
Así, gracias a la música, los pocos ratos que no estaba en estado de trance alejado de la realidad mirando una película se completaban. Ya no había un solo segundo que no estuviese sumergido en el más profundo sueño irreal. Y así también, la música, fue el siguiente paso de la transformación al ser el desencadenante de un hecho que jamás hubiese creído posible… Sentado en el patio del colegio en un recreo observo a un compañero cantar en voz baja con los auriculares puestos, la duda me carcome y no puedo aguantar preguntarle que canta. Es “Creep” del disco Pablo Honey de Radiohead, dice. Me di cuenta que ese chico desproporcionado en altura para su edad y excesivamente flaco no encajaba con la imagen que tenía de todos mis compañeros a pesar de ser uno de ellos, no le había prestado atención, no noté que podía existir alguien con el mismo sentimiento de exclusión estampado en la cara que yo llevaba. Le conté de manera superficial en el tiempo que dura un recreo lo que escuchaba, lo que veía y algo de lo que deseaba; sin saber porqué (el destino) le dije que buscaba mi superpoder y entonces él dijo, mirándome tras los gruesos lentes que le ocupaban mitad de la cara: no sos el superhéroe, sos el villano. Sucedió entonces lo que no esperaba que sucediera, hice un amigo.

lunes, 10 de mayo de 2010


Dos horas seguidas de educación física los viernes. Flaco, alto y de tupido bigote era el profesor. Vestía como todo maestro de gimnasia, zapatillas deportivas, jogging gris dentro de las medias y una chomba blanca dentro del pantalón. Llevaba la actitud de haber soñado grandes cosas para su vida durante su juventud que nunca se cumplieron, tenía bolsas en los ojos de largas noches de insomnio, manos de largos dedos huesudos y un tic nervioso que lo hacía parpadear mil veces por segundo.  Comenzaba cada clase a los gritos tratando de intimidar a la manada de estudiantes contentos de tener un tiempo donde correr como Forrest Gump al igual que lo hacían en sus ratos libres… Primero elongación por dos minutos, después la corrida en círculos por el gimnasio de la escuela seguido de una serie de abdominales y lagartijas que llegaban a ocupar diez minutos de la jornada completa, para terminar con un partido de cuarenta y cinco minutos del deporte elegido para esa semana que nunca fueron otros que handball en ocasiones, muy pocas veces voley y el repetido y preferido de la multitud: Fútbol, donde él se sentaba a charlar con la maestra de cuarto grado, la gordita culona, y  hacer su espectáculo de histerismo frente a todos, hablaban cerca, se reían fuerte y cada tanto se escapaba alguna mano a ciertos lugares comprometidos. En esos ratos, frente a sus narices desinteresadas, los pibes se enredaban en peleas salvajes por los resultados del partido hasta que alguno terminaba con algún hueso fuera de lugar y entonces el profesor llegaba corriendo desde la otra punta diciendo en voz alta que no podía bajar la vista ni un segundo porque los animales que nosotros éramos en teoría no dejábamos de hacer desastres aunque todos sabíamos que esos desastres se armaban justamente porque él tenía la vista ocupada en otros asuntos bastante más que un segundo, los alumnos se le revelaban a cada rato consientes que la imagen de autoridad que quería dar era una mentira tanto como lo eran las clases en si, entonces el muy bastardo concentró su odio en una sola persona buscando un chivo expiatorio a su poca eficacia como docente y así fue como el flaquito desgarbado que jamás llegaba a tocarse los pies con la mano, que corría para el lado contrario de la pelota escapando de la posibilidad de rozarla con el pie, que caminaba en vez de correr, que fingía repetidos ataques de asma y desgarros en músculos que ni sabía que existían pasó a ser la razón de sus problemas mientras el resto de los jóvenes prendían cigarros delante de su cara, se escapaban de la clase o se trenzaban en batallas sangrientas. Cuando todos corrían, él le gritaba al flaquito; cuando todos jugaban a la pelota, él le gritaba al flaquito; cuando todos escapaban, él buscaba al flaquito. Pero al flaquito le importaba nada lo que el profesor tenía para decirle, escuchaba su perorata con las manos en la cintura y una soberbia extraña para un niño preadolescente, le contestaba lo innecesario de una clase de fútbol dentro de la escuela cuando la función de la gimnasia era otra y lo retaba a mantener la vista fija sabiendo que poniéndolo más nervioso el tic parpadeante dominaría su rostro. Entonces un día, el muy desgraciado, descubrió que con amenazas y gritos no llegaría a ningún lado y prefirió hacer un chiste sobre el flaquito en cuestión, un insulto barato y bastante eficaz: ¿Qué pasa, pibe? ¿Se te corrió el tampón? Los pendejos alrededor del desgarbado estallaron en risas, se revolcaban en el suelo por los espasmos del estomago provocados por la carcajada y él se regodeaba en su originalidad al mismo tiempo que el flaquito, de pie en el centro, comprendía la magnitud de haber conocido a su primer archi enemigo. Este sujeto no era como el resto del mundo al cual le deseaba la muerte todos los días, este sujeto no debía morir para el flaquito sino debía sufrir lentamente hasta llegar a la agonía que le esperaba por haber burlado a la persona equivocada. En silencio dejó que el profesor se limpiara las lágrimas de la risa mientras planeaba la perfecta venganza.

Según el mitógrafo Joseph Campbell – en su obra llamada El Héroe de las mil caras- “el camino del héroe” es un patrón existente en la mayoría de las leyendas y narraciones populares. Este camino consta de doce pasos, o estadios como lo ha nombrado, que representan los diferentes estados y pruebas por los que el “Héroe” debe transitar hasta llegar a la iluminación y utilizar todo lo aprendido en pos del bienestar ajeno (popular). Así nos ejemplifica como Buda transitó los mismos caminos que Jesús o como los mitos griegos tienen el mismo fundamento que la existencia de Luke Skywalker.
Desde el “Mundo Ordinario” en el que el supuesto héroe vive en un principio sin conocer su real meta en este mundo hasta el “Regreso del Héroe”  cuando vuelve canchero a decirle a todos los que no creyeron en él que pueden irse a chupar un huevo el sujeto pasa por diferentes etapas de auto descubrimiento  y crecimiento personal hasta llegar a ser el divino salvador ¿De qué? Pues que cada Héroe se busque su razón de ser, Batman no andaba preguntándose para que vestirse de murciélago sin antes no tener un motivo para hacerlo.

Ya había pasado el flaquito por algunas etapas de ese camino, ahora le tocaba conocer a su Némesis (pilar fundamental para la existencia de cualquier Héroe) para dar comienzo a la aventura. ¿Significa esto que digo que estoy  proclamando como Héroe a ese preadolescente engreído y flojo? Claro que sí. No se necesita salvar ciudades ni otorgar la salvación eterna a cualquier zángano para serlo, sólo la certeza que en sus palabras estaba la verdad de todo. Poco a poco se armaba el personaje que dominaría a la persona.
El flaquito comprendió también que para lograr ciertos cometidos deben hacerse sacrificios, la grandeza del Héroe.
Pasaron algunas semanas desde aquella vez donde hirieron su orgullo hasta cierto viernes donde la clase de educación física estaba por la mitad, partido de fútbol y profesor chamullando a lo lejos. El típico grandote de la clase, forzudo y cabrón, lleva la pelota en sus pies como un crack hasta que el flaquito que nadie vio venir porque nunca estaba se lanza con toda la fuerza de su ser a sus pantorrillas logrando que la mole cayera de bruces al suelo. Se pone de pie furioso y el chiquito en vez de pedir perdón busca más camorra logrando el resultado de una nariz rota a causa de una trompada perfectamente ubicada. Dirección, le preguntan que sucedió y sin dudas responde el flaquito “me pegaron por culpa del profesor, porque siempre me está cargando e incita a los demás a que me golpeen” unos llantos por ahí y la confesión del trauma “le tengo miedo, amenaza con golpearme”. A la semana siguiente nuevo profesor, el flaquito sonríe y decide que para la próxima debe buscarse un enemigo mejor que el boludo maestro de educación física.
Aún faltaban grandes pasos para la total transformación, recién comenzaba el camino de este Héroe. Ya tenía la inspiración gracias a Pier Paolo y ahora le sumaba la seguridad gracias a la batalla ganada a su profesor, pero debía volver a sus bases para continuar...  Unas buenas dosis de cine que le hicieron conocer a un nuevo maestro en su camino a la iluminación: Quentin Tarantino. Y este flaquito, que soy yo, se convencía que el mundo lo estaba esperando aunque todavía debía averiguar para que.

viernes, 30 de abril de 2010


Jesús no quiere que te toques, dijo el cura.
¿Cómo lo sabe? Pregunté con toda mi inocencia.
¡Está en la Biblia!   Me respondió con un grito.
¿Ni siquiera cuando miro MTV? Le dije con una sonrisa boba libre de toda intención, el cura refriega su frente sudada ante la inminente jaqueca que le estaba provocando.
Jesús nos regaló el don de la culpa para que pudiésemos entender lo que sufrió en la cruz al morir torturado para lavar nuestros pecados, dijo con vehemencia el clérigo.
¿Eh? Fue la respuesta más sincera que pudo haber salido de mi boca.

Con sólo diez años de existencia, sentado en el sillón de la dirección de la escuela con los ojos abiertos de par en par escuchando las palabras del cura, conozco el sentido de algo llamado causa y efecto. Con una facilidad preocupante, el sujeto de sotana y mirada a punto de estallar de libido, me explicó como mi constante blasfemia era causante directa de todos los males que me aquejaban: la muerte de mi padre, la promiscuidad de mi madre (aún hoy me pregunto como sabía ese cura que mi madre eran tan puta), la soledad que me rodeaba, todo era producto de mi refregada genital.
Fue una charla corta e intimidante, luego me dejó volver al salón de clases donde compañeros y maestras por igual me regalaron miradas de reojo, al perecer todos estaban enterados de mi aventura masturbatoria en el baño. En mi fresca cabeza pasaban contradicciones y pensamientos muy deprisa, casquearme el pito provocaba un sinfín de consecuencias supuestamente malignas en mi vida según dios, pero al analizar dichas consecuencias llegaba a la conclusión que maligno era si no hubiesen sucedido. Que más quería yo que mi padre esté muerto, que más quería yo que estar sólo sin nadie alrededor, que más quería yo que mi madre estuviese ocupada todo el día para no prestarme atención… aunque si lograba que muriera todo cerraría en una magnifica solución, entonces pensé que para llegar a hacer perfecta la cadena de consecuencias debía continuar mis pajas hasta que mi madre cayera muerta por mi culpa, y así podría continuar dando de baja a todo aquel que mereciese la muerte inducida por mis tocadas íntimas, podía convertirme en un dios con sólo mi pervertida imaginación. Pero cierto es que la causa y efecto existe, lo descubrí al comenzar una cruzada en pos de la destrucción de mi entorno con pajas a toda hora del día, llegó un punto donde podía patearme las ojeras y la mano derecha me temblaba, era el único niño de diez años con un severo caso de cistitis y las sabanas de mi cama estaban duras como una tabla de madera, a la quinta o sexta paja del día me sentía famélico, tardaba tanto para acabar que me terminaba quedando dormido con la pija apretada en mi palma pidiendo un respiro y lo peor de todo es que perdía tiempo sagrado para ver películas, estaba olvidando la razón de mi ser. Debía encontrar el modo de conjugar ambas cosas, que el cine me provocara una erección espontánea para poder clavarme una paja durante el film y continuar disfrutando del espectáculo… y como ya estaba convertido en un dios absoluto no tuve que esforzarme mucho para conseguirlo sino esperar a que llegara a mis manos, así es como cierto día entro a la habitación de mi mamá y encuentro un VHS que prometía ser dicha respuesta.

Bajos instintos (Basic Instinct, 1992) estaba en la repisa de mi madre para ser vista por ella y un amante que pululaba por la casa en ese entonces al cual lo calentaba sobremanera Sharon Stone, lo se porque el día que yo me llevé el cassette de su lugar el hombre enloqueció, buscaba desesperadamente su película donde se le veía la cajeta a la Sharon y no quería hacer nada con mi vieja hasta que apareciese. Sin Sharon no tiene sentido llegó a decir y mi madre lo tomó a modo muy personal. El sujeto se fue de casa sin película y sin garche, mi madre olvidó el asunto al traer un reemplazo inmediato y yo me quedé con la película en mi poder.
Sharon Stone calienta hasta un muerto, Michael Douglas no tanto, pero el dúo erótico que formaban era perfecto. Más allá de las logradas pajas que le dediqué, la película es maravillosa, las anti heroínas de la pantalla volvían a aparecerse en mi vida así como lo había hecho Michelle Pfeiffer un tiempo atrás. La historia de la escritora ninfómana que mataba chongos estúpidos con el picahielo me tuvo atrapado de principio a fin y la ambigüedad que se permitia su personaje fue revelador. A raíz del nuevo idilio hacía la cuarentona rubia veo en cable Sliver (1993), una bosta que sólo fue conocida por ser la segunda película después de Bajos Instintos donde la Sharon pelaba todo lo que tenía. Aunque pude masturbarme terminé severamente enojado con la película en sí, es tan mala y tarada que hasta un niño de diez años logra sentirse ofendido por la trama y la actuación de William Baldwin a pesar de tener uno de los culos más perfectos de la década (dicen por ahí que realizó un desnudo frontal que después fue eliminado del montaje final, una lástima), Tom Berenger acompaña y ahí termina por irse  todo por el caño. Pero gracias a la causa y efecto presto atención a la banda sonora y conozco a Massive Attack. Glorioso resultado.
Se suceden los días buscando porquerías con desnudos y escenas de sexo hasta que un día leo en una revista una nota sobre los veinte años pasados desde el estreno  de una película que en su momento fue la más polémica y controvertida por sus fuertes escenas sexuales y violentas. De pronto no podía pensar en otra cosa que no fuese conseguir ese film ya, me fui al videoclub y la pedí, de haber sido un adulto quien atendía el video no me la hubiese alquilado pero como yo era dios y todo salía como lo deseaba en ese momento atendía un adolescente idiota lleno de granos que no tenía la más puta idea de lo que estaba pidiendo, buscó en los archivos (papeles impresos, nada de computadoras por ese entonces) y me la entregó sin culpa alguna. Fui a casa y puse en el VHS Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975) de Pier Paolo Pasolini. Antes que puedan pensar en lo enfermo que soy me defiendo diciendo que con ésta película no me hice ninguna pajita, no pude por obvias razones, recuerdo de manera gráfica mí estado al terminar, estaba sentado en el borde de la cama con los brazos rígidos al costado del cuerpo y los ojos fuera de las órbitas, por lejos superaba cualquier cosa que mi mente fuese capaz de imaginar. 


En la República de Saló, al norte de la Italia nazi fascista de los años 1944 y 1945, cuatro hombres – llamados el Presidente, el Duque, el Obispo y el Magistrado- que representan los diferentes poderes secuestran a dieciocho jóvenes (bien grasosos y escuálidos como le gustaban a Pier Paolo) y los encierran consigo en un palacio. Junto a ellos cuatro prostitutas cuya función será la de relatar pervertidas historias a los presentes para que después los poderosos transcriban esos relatos en un desborde de excesos sexuales y sádicos hacía las jóvenes victimas. La película está dividida en cuatro segmentos que juegan con la idea del Infierno de Dante: Anteinfierno, Círculo de la Manías, Círculo de la Mierda y Círculo de la Sangre, y tan explicito como lo son sus títulos lo son sus imágenes.
En el Círculo de la Mierda discuten algunos personajes un tópico típico de las obras del Marqués de Sade (de quién está basado el título y concepto), el asesinato de las madres y el hecho que nada se debe a ellas simplemente por haber cogido con un hombre que inevitablemente se convierte en padre. Una de las victimas se larga a llorar porque su madre fue asesinada cuando la capturaron; entonces es forzada, a modo de castigo aleccionador, a comerse la caca del Duque con una cuchara en una escena terrible en que ella está en el centro del resto comiendo y vomitando a la vez mientras los poderosos se van calentando cada vez más. Luego, a raíz del hecho, una de las putas cuenta historias que incluyen mucha mierda y así deciden que los jóvenes no deben evacuar por un día entero para poder al final servir sus heces en un gran banquete donde todos comerán y disfrutarán la caquita.
Podría perderme en contar toda la película, fotograma por fotograma, porque fue tan emblemática que no olvidé nada de ella, porque gracias a esa oda a lo escatológico y pervertido nacía un nuevo yo, a partir de allí decidiría que para acabar con el mundo que me rodeaba una masturbación en privado no alcanzaba, debía convertirme en el dios que creía ser y evangelizar con ésta Biblia, llena de caca y sexo sucio.

martes, 20 de abril de 2010


Enero de 1995. La televisión era un bombardeo de propagandas para las presidenciales de ese año, la suma de verano más apogeo menemista resultaba en un aburrimiento crónico y creciente salvo por ciertos milagros ocurridos. El primero aparecía en el cable a mitad del año anterior al que estoy contando (1994 para los más distraídos), un canal dedicado a la música. MTV Latinoamérica asomaba y hacía nacer una nueva generación a sus pies. El segundo milagro era la primer novela que me fumo completa y esperando cada capítulo con ansiedad, Amigovios.
Las patéticas aventuras de los purretes en la colonia de verano, en especial el baile del principio al compás de Nicole Neumann cantando bajito y desafinado junto al descubrimiento de bandas extranjeras y música de verdad que superaban por bastante lejos al cassette de Circo Beat que guardaba con vergüenza en mi colección provocaron en mí un desenlace inesperado. No me volví simpático ni sociable, menos se me ocurrió la idea de tener amigos. La junta de hormonas, Rock & Roll e historias de amor tímidas hicieron que tuviese mi primer erección seguida de mi primer masturbación. Glorioso verano preadolescente. Faltaría a la verdad si asegurase que fue en particular lo que resultó en el descubrimiento de mi pito, no creo haya sido las mayitas de las chicas en la pileta ni los brazitos casi desarrollados de los nenes, tal vez haya sido Kurt Cobain, o Madonna revoleando su cajeta por los aires. No lo se, por ese entonces recién comenzaba a confundirme con la sexualidad y todas sus variables. Pero cuanta felicidad al comprobar que con un simple y mecánico movimiento de manos hacía arriba y hacía abajo sobre mi pene podía provocarme una descarga de tranquilidad y relajo –efímera pero suficiente- en la más completa soledad. Una vez descubierta la auto satisfacción creí que podría vivir para la eternidad encerrado en mi habitación a base de televisión y pajas.  No buscaba ninguna imagen en especial, ni siquiera poses sugerentes o alguna boca de labios carnosos ideales para lamer pollas, simplemente me tocaba una y otra vez espiando a los nuevos personajes que habían ingresado a mi vida. 
Pero al mismo tiempo que comenzaba el descubrimiento de mi anatomía sucedió algo que no estaba en mis planes. La vez anterior conté (o adelanté) como el año 1995 es el año en que me cambiaron de colegio. Existió una razón específica por la cual mi madre –muerta en mi imaginación pero demasiado viva en el mundo real- decidió el cambio, una cuestión de lavado cerebral barato por parte de una vecina que era maestra y su discurso anti educación pública que caló hondo en la mente de la señora que me parió. Sin más vueltas que esa decidió que era hora de abandonar el guardapolvo blanco para dar lugar a la imagen de sobriedad y cultura que la familia necesitaba, una corbata, zapatos y la camisa dentro del pantalón ¿La educación en si? Bien gracias, mi madre no tenía idea si el colegio en cuestión era de buen nivel académico o enseñaban a coser bufandas pero que la apariencia era de un jovencito educado lo era. 
Ya había tomado la comunión en la iglesia del barrio, sin embargo tanto yo como mi madre que me obligó a hacerlo éramos consientes de lo poco trascendente del hecho. Era costumbre típica de las familias aburguesadas que abrazan el catolicismo de modo figurado sin conocer en lo más mínimo los pormenores de tomar un trago de vino y comer una masa sosa dada por el cura de turno. Catequesis una vez por semana durante un año no es tan tortuoso, nunca presté atención a lo que sucedía en dichas clases, menos a los mensajes de muerte y venganza escondidos en fábulas románticas que solían contar la vida del tal Jesús. Pero la idea de ser acechado a diario por estos sujetos si me traía mal, la idea de conjugar colegio más religión me aterraba. 
Hasta ese momento mi concepto de dios, diablo, cielo e infierno se basaba principalmente en El Exorcista (The Exorcist, 1972), La Profecía (The Omen, 1976), Los Diez Mandamientos (The Ten Commandments, 1956) y Jesucristo Superstar (1973). Por ende creía que Dios era un sujeto aburridísimo que le mandaba tareas a barbudos más aburridos que él porque tenía un hijo boludo que sólo cantaba y bailaba y no quería ser como el padre, entonces el diablo, que no era tan aburrido, se divertía metiéndose en el cuerpo de jovencitas para colarse crucifijos mientras Jesús seguía bailando y cantando y dios se agarraba la cabeza pensando en todo lo que hizo mal. Luego, de tanto bailar, hartó a medio mundo y lo mandaron a cagar fuego. Entonces dios dijo que ni en pedo permitía que volviera a la casa hasta que no supiera ser un hombre y se dejara de pelotudear con esa idea de ser una estrella y lo resucitó para que no lo molestara en su casa celestial. Pero Jesús, como muchos artistas vagos, volvió a la casa del padre cuando se quedó sin más trabajo y hasta el día de hoy –un poco más de dos mil años después- sigue siendo un mantenido.
Sin irme por las ramas, pasó el verano del amor (record de masturbación) y llegó marzo. Comenzaban las clases.
“Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor (…) Antes que yo no hubo nada creado, a excepción de lo inmortal, y yo duro eternamente. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!
Las mismas palabras que se encuentran en la puerta del infierno que Dante supo recrear en su Divina Comedia están grabadas en la entrada de lo que fue mi colegio. Arriba del busto de un monseñor que le da nombre al instituto, Stillo. Paradójico ¿No?
Primer día de clases, sexto grado. Mi primera idea fue crear de esa situación agobiante una solución amena. Me pajeé en el colegio, pero me descubrieron rápido y sin esfuerzo. Empezaba mi cruzada católica con el pie izquierdo.
                                                                                  Continuará…
 

martes, 13 de abril de 2010

En diciembre del año 1994 terminé con éxito el quinto grado de la primaria. Podría contarles como los largos días de verano me convirtieron en el perfecto antisocial. Podría contarles, por ejemplo, las tardes en que salía a la calle a gritarles a mis vecinos que no jugaran a la pelota en mi puerta. Podría contarles como mis vecinos -adorable banda de mocosos que no superaban el metro cuarenta, igual que yo en ese entonces- creían graciosa mi actitud altanera, tanto como para usar la fachada de mi hogar como baño, tumba para perros aplastados por el colectivo de la línea 7 que pasaba por allí, más baño, deposito de cualquier tipo de basura apestosa y podrida, mucho más baño, entre otras. Podría relatarles las mil posibles venganzas que tenía planeadas, excéntricas y divertidas, todas incluían un acto de espionaje y una secuencia de acción que usualmente me tenía a mí derribando decenas de pendejos impertinentes sólo con mis puños. Podría admitir que todas esas venganzas jamás fueron llevadas a cabo, la cruda verdad es mi persona espiando por las rendijas de la cortina de la ventana, consiente que estaban cagando en mi puerta e imposibilitado (aterrorizado) de enfrentarlos. Podría derivarme contando como años después me desquité de sus abusos gracias a una casualidad absurda en mi adolescencia. Derivarme así, con la historia. Ya me adentraré en profundidad en esos años de autodestrucción inconsciente y búsqueda espiritual pero por ahora continúo con la historia de manera resumida. Tenía dieciséis años y en mi casa se hacía fiesta; fiesta en mi casa significaba mucha gente que no debía estar ahí, gente extraña y fuera de lugar entre niños inocentes –comparados con las perversiones que estos sujetos cargaban- que lo único que querían hacer era tomar alcohol hasta ver a dios en persona. En esa mezcla macabra se encontraba un petiso muy simpático, se vestía con botas tejanas y camisas rosas dentro del pantalón, sacaba el pecho para afuera pero no podía esconder su panza ovalada y prominente tratando de escapar de su prisión de algodón. Le decían el negro (no voy a decir nombres, tengo miedos comprensibles) por su evidente tez morena. Todos le tenían miedo, no por su actitud dominante o un respeto confundido y transformado en poder, le tenían miedo porqué estaba loco; además era un pelotudo. La combinación de estas dos características hacía que todo aquel que le hablase se manejara por una acción casi compulsiva de afirmar y asentir cada palabra salida de la boca de él. Entonces, el negro está en la puerta de mi casa en medio de esa fiesta presumiendo su auto nuevo y bla bla, cuando mis vecinos (ya todos adolescentes como yo) están saliendo de la casa ubicada justo frente a la mía. Los mira, todos y cada uno de ellos les cae gordo, dice que los va asustar un poco porqué sí, nadie le dice que no está bien lo que está pensando, agarra el arma que tenía en su guantera y sale disparado a increparlos a los gritos haciendo volar una pistola por su cabeza. Se pegaron el susto de sus vidas, salieron corriendo para todos lados. Pero el negro no se cansaba fácilmente, él quería disparar ahora que ya tenía al arma en la mano. Y nadie le dijo que no estaba bien lo que estaba a punto de hacer. Durante años las fachadas de las casas en mi cuadra llevaron los agujeros estampados en sus frentes, nunca vi tantos policías juntos en una sola cuadra como aquella noche, nunca más dejé que un psicópata armado se refugie en mi casa cuando ve llegar al cuerpo policial. Menos de actuar como rehén ni de esperar 18 horas adentro a ver si se calmaban los polis (él creía eso). En fin, me dejé llevar por la historia y eso no quería hacerlo. Pero dejar una historia sin contar el final no esta bien ¿Cierto?

El punto era diciembre del año 1994. Pero ya me fui muy lejos como para empezar la historia que debía ser: cuando me obligaron a asistir a la puta escuela católica y esos portadores de libido reprimido llamados curas torturaron mi mente durante años con lecciones moralistas y fascistas sacadas de la Biblia. No señor, en este Maximiliano egocentrista y petulante no hay espacio para otro dios, menos para uno tan egocentrista y petulante como lo es el católico. Aunque guardo un bello recuerdo de El pájaro canta hasta morir, la miniserie con Richard Chamberlain al palo durante cada capítulo.
Ya habrá tiempo para contarles como pasé del paraíso de la educación pública a las garras del infierno católico, por ahora esto es lo que hay.

lunes, 5 de abril de 2010


Las opciones en las noches podían ser: cenar en familia mirando Mi Cuñado con Ricardo Darín antes de ser el ACTOR argentino o fingir un cansancio devastador a causa de la escuela que me permitía irme a la cama temprano para ver televisión sin el ojo penetrante de mi madre. 
Por esos años me cruzo con una oleada de actores mediocres jugando a ser directores de grandes superproducciones.
Kevin Costner se muda al lejano oeste para aburrirme en Danza con Lobos (Dance whit wolfes, 1990). La dirección puede ser decente, su actuación es bosta de cerdo. Tipo chato e incapaz de transmitir sensaciones en un bodrio que nunca acaba. Ganó un Oscar como director y una nominación como actor, con el ego levantado y la creencia que era bueno en lo que hacía, años después se despacha con El Cartero (The Postman, 1995), la obra épica más aburrida de la década. Se gana el odio de Hollywood, bien merecido.
Mel Gibson abandona a Danny Gloover para dirigir y protagonizar la historia de un escocés calentón y orgulloso en Corazón Valiente (Braveheart, 1995). También se lleva el Oscar como director, pero como actor no tenía modo de dibujarla. La película acompañó mis tardes de sábado solitarias durante años gracias a que Telefé se convertía en el canal fundamentalista de la repetición sin escrúpulos.      

   
El Gibson gritando ¡Freedom! se vuelve un clásico, también los culos peludos hostigando al enemigo y la cara pintada mitad blanca mitad azul. Pero la película tiene otro momento memorable y es cuando degüellan a la mujer delante de su cara porqué no quiere entregarle la cola a los ingleses. Buena cortada de cuello, buena expresión de la minusa, buena angustia sufrida por Wallace (No Marcelus). Si la tortura del final hubiese sido Gore -con las tripas del escocés volando para todos lados- la película pasaría a ser perfecta, pero como no pasó así sólo la considero buena. Y gracias.
El Maestro (sí, con mayúscula) Clint Eastwood dirige y protagoniza Los Imperdonables (Unforgiven, 1992), es el primer western que veo y el único que me gusta, por eso no voy a hablar de ese género que tan poco conozco y tanto aburrimiento me provoca. La lentitud y el cuidado de los personajes hicieron del film una obra maestra. Eastwood, Gene Hackman y Morgan Freeman son el trío perfecto para esa historia de gente olvidada por la vida buscando redimirse a último minuto. Cada plano es más hermoso que el anterior, cada escena es más poderosa que la anterior, todo está por una razón, no sobra nada.

Pero llegó un punto donde la fantasía se agotó. Podía ver una y otra vez maravillas que me transportaran y dejaran fluir mi imaginación a niveles impensados, podía vivir en mi mundo de mentiras y colores… hasta que abandonaba mi habitación y salía al mundo real.  
Por un lado tenía a Ciudad Gótica, oscura y hermosa a la vez, por el otro tenía a Buenos Aires, gris y aburrida. Los villeros no se parecían al nene amigo de Dick Tracy, tan simpáticos y adorables. Las bibliotecas no tenían una sección con libros que me llevaran a mundos paralelos desbordantes de aventuras. Cuando vuela la AMIA no aparece un John McClaine que promete vengarse de todos y busca justicia matando y volando todo, sólo se quedaban llorando todos mientras los verdaderos culpables saludaban a la tele con caras de nenes buenos y desentendidos.        

Sumo nuevos adjetivos a la realidad. Antes tenía aburrida, previsible, rutinaria, gris, apática. Ahora le sumo ridícula, mentirosa, inverosímil y decepcionante. Porque creo, el principal problema de ser un preadolescente solitario y antipático es la soberbia con la que comenzaba a ver al mundo. Sin embargo no dejaba de creer (aún lo hago) en las palabras de John Kennedy Tool: Cuando un genio aparece en el mundo, los necios se conjuran para negarlo.
Entonces, por un lado la fantasía era mi realidad, pero no existía fantasía tan grande para llenar una realidad. Tantos vacíos y contradicciones me abrumaban, hasta que una peliculita aparece por el año 1994. Tenía unos adorables diez años.       


La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977) fue una película de década. Marcó la generación completa que vio en cine la nave aparecer por encima de sus cabezas en los primeros minutos del film, después vino su mitología y casi todos conocemos esa historia. En los ochenta, década aburrida y chata, tal vez (y remarco el tal vez) haya sido Terminator la película generacional. Pero en los noventa hubo varias películas que hicieron bisagra, al menos en la ciencia ficción. Por finales de los noventa, exactamente en el año 1999, aparece Matrix, para ese entonces ya tenía pendejos por toda la entrepierna y me clavaba pajas crónicamente, por eso considero que ésta película debe quedar afuera de la década del nueve seguido del cero. Matrix abrió la puerta al nuevo siglo, a la nueva era de la ciencia ficción y la fantasía.
¿Y que queda de los diez años anteriores? Queda esa película única y maravillosa que provocó mi primer espasmo de emoción en el cine.          


Jurassick Park (1993) fue, es y será el film de los noventa.
He leído por algún lado que el super noño Steven Spielberg nunca quedo conforme con el resultado final, le parecía mediocre y aburrido. ¿Sinceridad brutal o banalidad absurda? No importa, el Steven hizo escuela, marcó tendencia, creó una generación posterior de bastardos copiadores y se despachó con los efectos especiales más reales hasta ese momento. 
Otra vez el cine Rivera Indarte es parte fundamental de mi vida al ver al Tiranosaurio Rex en la inmensidad de aquella pantalla y en la incomodidad de aquellas duras y marrones butacas.      


Volví a casa y me deshice de todos mis muñecos. No estaba enojado como aquella vez que el perro terminó con un enema de Playmobil, en éste caso era feliz como nunca lo había sido aún.  

 - Estoy contento. – Le dije a mi Psicólogo
- ¿Puedo saber porqué? – Me preguntó él.
- Porqué se que a mi mamá se la va a comer un dinosaurio. –
- Los dinosaurios no existen. – Dijo él con una ceja levantada.
- Pronto mi mamá tampoco. – Respondí con una sonrisa.