martes, 20 de julio de 2010


Un breve resumen:
Fue una infancia ausente de machismo. No había modelo masculino que seguir, entonces la mujer tomó el mando y se hizo omnipresente. El niño no se convenció con ese nuevo estado matriarcal y buscó por medios alternativos, pero fue  tan decepcionante el resultado que se quedó sin imagen paternal a la que hacer referencia. Ahí es cuando llegó a un punto donde se preguntó, ¿Acaso mi madre ha sido invisible para mi? Esto que soy ¿Es producto de la casualidad y nada más? El niño descubrió que él era producto de una colección de absurdos miedos, todos caracterizados con la cara de la madre-diablo. El joven no quiso dejar de ser niño, decidió que toda mujer que se le cruzara fuese tan intimidante como él creía debían ser todas las mujeres. Por eso creció sin haber logrado comprenderlas, porque les tenía miedo.

Una mediana introducción:
En los últimos años del secundario, la época de mayor ebullición hormonal, el sexo era el tema recurrente, la cantidad, la calidad y la novedad.
Dividido así, en categorías sexuales, mi grupo estaba conformado por el chongo exagerado que todo lo cogía, el callado que todo lo cogía, el amanerado que casi no cogía, el que cogía con su novia y el que cogía cada vez que se visitaba un prostíbulo. Uno de ellos era yo.
Había una chica muy rápida en el colegio, era más chica que nosotros pero ya guardaba pijas en el expediente como para ser famosa por los pasillos. El chongo se la cogió un día, y se enteró que tenía ganas de cogernos a todos sus amigos. Por separado, claro está. Lo único que teníamos que hacer era una tarea mínima y despreocupada de chamullo sabiendo que el resultado estaba cantado. Con el orgullo en juego, acepté ser parte de la eterna humillación de la jovencita. No me preocupé, era tan malo tratando de encantar a cualquier mujer que estaba seguro que jamás llegaría a la cama con ella. En dos semanas ya se había enredado con tres de mis amigos, me tocaba el turno a mí y fui convencido que la cagaría con sólo abrir la boca, podría ser la más puta pero seguía siendo una nena y si yo era lo suficientemente lelo como creía serlo, ella no sabría como avanzar. Pero ella quería coger, nada más. No le importó mi falta de palabras, le pareció simpático. Esa tarde me dijo que a la salida del colegio fuera a la casa, que no había nadie.  

Una no tan breve anécdota:
Ahí estaba ella, uno de mis tantos fallidos intentos de pertenecer a la exclusiva elite heterosexual. Estaba desnuda, con las piernas abiertas, diciendo en un grito agudo y exasperante mientras se retorcía las tetas “Cojamos ya”. Yo no podía,  una extraña culpa moral me invadía pero era la pija a medio morir la imposibilidad real.
Demasiado agujero lubricado.
Ella gemía y decía ¿Tenés ganas? Empecé a tener asco de esa cueva y los colgajos de carne a su lado. Comencé a preguntarme si esos labios carnosos serían capaces de morderme la pija si lograba meterla por ahí.
¿Pasa algo?, me preguntaba.
Todo, pasa todo, pensé yo.
La vulva latía y ella seguía jugando con sus pezones como tirabuzones. Pensé en comerla, pero la sola idea me provocó tanto asco que la pija media muerta pasó a un estado vegetativo automático. Llenarme la boca de aquel flujo pegajoso que borboteaba de su entrepierna no era la mejor que se me podría haber ocurrido. Colé dedos entonces. Junté el índice con el dedo mayor. Junté aire para evitar la arcada. Y le di. El dedo pulgar hacía arriba dibujando una pistola mágica que se apoyaba a la perfección sobre la pared vaginal impunemente peluda, mientras los otros dos dedos se enterraban en la masa húmeda interna. Empujé, saqué, volví a meter. Trazaban un círculo dentro. Le hacía cosquillas en la punta del útero. La loca gritaba. Me agarraba los pelos y empujaba mí cabeza hacía delante 
¿Estás loca?, acabo de decir (no en voz alta seguramente) que no voy a meterme eso en la boca. Tu concha es sucia y  olorosa como todas las demás. Continué haciendo bailar mis dedos adentro suyo y la pendeja calentona me pedía a gritos que le saque esos dedos de ahí y le metiera la pija. Pero ella no podía ver el estado en que se encontraba mi pito, de tan metido para dentro parecía que iba a terminar saliéndome por el culo.
No puedo meterle esto, ni siquiera va a entrar. Me la voy a aplastar al intentarlo, pensé.
Saqué los dedos empapados en flujo viscoso. Los miré de cerca. Una gota densa y pesada empezó a resbalar por el dedo índice. Recorrió la palma de la mano ante mi espantada atención. Nada sutil me limpié sobre su panza y le sonreí.
¿Estás bien?, se la veía intrigada. Buscó la pija entre mis piernas, no me di cuenta al instante. Antes de poder esconder la patética salchicha flácida de sus manos, ya la había atrapado. Podía estar fingiendo el mínimo de placer e interés en ella, pero no por eso bajar la guardia de mi machismo y regalarle la imagen de mi nula excitación.
Relajate, no hay problema, me dijo.
Lo se, es que me siento un tonto, le respondí, y supe que merecía un oscar de la academia por el modo.
Vamos a quedarnos así, abrazados, dijo en toda su condescendencia.
Putisima madre de Dios, dije para adentro. Aunque admito lo mucho mejor que esa opción era frente a la otra posibilidad de intentar cogerme a esa chica que en mi cabeza era el ídem a una bolsa de porotos. Y la abrasé. Y hablé de incoherencias varias y gratuitas hasta que me quedé dormido. Y soné con un océano de pijas donde un barco naufragaba, pero la gente no moría porque flotaba entre millones de penes esponjosos. Yo estaba ahí, en el medio del tumulto.
Desperté con el extraño sueño y la vi al lado, dormida con la boca abierta y la baba caida a un costado. Ese día me propuse nunca más confiar en un agujero que esté delante.

martes, 13 de julio de 2010


Recuerdo la adolescencia como un conjunto de situaciones abarcadas en una brecha de tiempo exacta que duró de cierto día a cierto otro, donde una mañana dejé de ser un adolescente y me convertí en adulto, sin más. Se me hace casi imposible fragmentar los hechos de modo que aquellos años vividos guarden una coherencia inevitable y fundamental para encontrarle sentido al presente. Mezclados y desordenados llevo los recuerdos de toda una etapa, como un gigantesco bolillero lleno de  situaciones que van siendo escupidas a la memoria por obra y gracia del azar sin una razón o lógica.  
No estoy seguro si mi primera experiencia sexual fue antes o después de haber fumado mi primer porro, tampoco si probé la homosexualidad antes o después de haber tenido un hijo, no recuerdo si cometí mi primer delito antes o después de haber estado preso por vez primera y menos si me enamoré de verdad antes de haber llorado por alguien, dudo de haber escuchado un disco completo de The Rolling Stones antes de volverme un stone, no se si aprendí a cocinar una milanesa antes o después de irme a vivir con una novia obsesiva, obesa y evangelista, no tengo idea si empecé la adolescencia aburrido o si me aburrí al finalizarla.
Es un modo fácil de sobrellevar la causa y efecto. Permite librarme de cualquier malestar por haber provocado un inevitable estigma en mi adultez y me mantiene convencido que la culpa es de la casualidad y sus imprevistas vuelta de tuerca. 

Yo no lo provoqué, fue mala suerte.

Pero eso deja en paz mi alma sólo en partes, porqué la necedad tiene sus límites, hasta para mí. No recordar el cronograma de hechos que hicieron al ser que ahora escribe lo convierte en un bastardo sin historia, me convierte en un hombre sin justificación. Estoy porqué estoy, sigo porqué hasta ahora nadie me dijo que abandone. ¿Dónde quedó el Héroe? ¿El villano? ¿El dios? A eso mismo me refiero, no se si los abandoné antes o después de darme cuenta que no era ninguno de ellos.
La vez anterior escribí que sólo en una cosa no quería convertirme, un adolescente perturbado y aburrido. Pues en eso me convertí, pero no recuerdo exactamente porqué. A la distancia sólo guardo la certeza que en el primer año en secundaría ya era  un púber amargado y rencoroso y no cambié en los sucesivos años juveniles. Sin preámbulos, metí todos esos adorables sueños infantiles de muerte y destrucción en una bolsa negra de consorcio y a la mierda la lancé. De un día para otro ya no quería ver el mundo destrozado, ni a mi madre muerta, no me interesaba ver a mis enemigos imaginarios despellejados ni me imaginaba a mí como un invencible justiciero de la nada. Simplemente viví, día a día sin vacilación. Juntando recuerdos y guardando sin referencias en el archivador, conciente que ya no existirían más enseñanzas en cada experiencia.

Hoy, la falta de línea argumental de mi pasado no me afecta. Con el tiempo aprendí a mirar para atrás con cariño, cierta gracia y sin nostalgia. Porque en definitiva seguía siendo igual pero sin las alucinaciones (sueños, esperanzas, delirios) del niño existencialista. Los miedos acerca de la realidad-mentira seguían siendo los mismos y el cine seguía siendo mi mejor amigo y aliado, pero la diferencia estaba en que ese momento (la adolescencia) no dedicaba tiempo a estar a solas conmigo. Aquí vuelvo a un punto anterior, no recuerdo si me enemisté con mi persona porque comencé a usar drogas o comencé a usar drogas porque me enemisté con mi persona.
Pero no solo de drogas he vivido. Es más, siendo sincero, hasta los dieciséis no me drogué como corresponde (en cantidad y calidad). El conjunto de esos años me dio muchas otras cosas más allá de las ya mencionadas drogas y las demás obvias como el sexo, la noche o Family Guy.
Me dio amigos, y una buena cantidad de miserables anécdotas que no deberían ser contadas.
Así me despedí de la infancia, relegándola a un costado en la historia de mi vida, todo porque no fui capaz de creer en que todo lo que deseaba podía pasar. Me llevé encima los traumas y los odios y dejé guardada la seguridad que algún día le iba a dar al mundo entero bien por el culo. De todos modos, ese pensamiento no lo perdí, pero a partir de ese momento lo enfoqué en proporciones más chicas.
Quizás el montón desprolijo de recuerdos  haga que la balanza entre momentos buenos y momentos patéticos sea justa. Al menos que parezca.


lunes, 5 de julio de 2010




Faltaban dos meses para comenzar el colegio secundario. Por esos años, el calentamiento global y sus notables consecuencias no eran temas comunes ni conocidos, yo andaba todo el día en pantalones cortos y remera sin sofocarme por los calores pero tampoco refrescándome en alguna pileta. Parque Chacabuco abría las puertas de su natatorio público por la temporada estival, se parecía mucho a ¡Cuidado! Hércules Vigila (The Sandlot, 1993) En esa película un viejo recuerda sus divertidos e inocentes años de infancia, los cuales transcurren en la década del cincuenta y tienen muchas escenas en la pileta porque también transcurre en verano como este relato. Igual que en el film, pero con sus notables diferencias dado que una cosa es Estados Unidos cinco décadas atrás y otra muy diferente es Buenos Aires finalizando los noventa. En vez de una salvavidas simpática, rubia y de prominentes pechos juveniles a la que todos los mocosos le dedicaban su idílico amor había (aún hoy está el mismo) un bañero de bigotes tupido, maya ajustada resalta bultos y panza peluda. No era pederasta aunque su imagen jurara lo contrario, se pasaba el día completo buscando mamás divorciadas a las que seducir con su aroma a macho desgastado. En vez de una pandilla de pendejos colorados y pecosos que corrían alrededor de la piscina había una pandilla de pendejos tenebrosos y grasosos que robaban las monedas de los más pequeños. En vez de agua limpia y transparente había un caldo cultivado y marrón donde nadar. En vez de madres pulposas en bikinis sugerentes había madres obesas, sin pudor alguno, en bombacha y corpiño. Ahora que lo pienso no se parecía en nada salvo en ser una pileta pública de barrio, pero que me importa a mi si ya dije que no me refrescaba en ninguna. Ni siquiera salía de mi casa. La introducción está para algo, pero la historia va hacía otro lado.


Después de haber vivido ciertas experiencias en los últimos meses tenía un temor creciente en mí, era un miedo a que la fantasía perdiera fuerza frente a la realidad. En mi memoria tenía recuerdos más vividos de los curas chupando pija adolescente que de Samuel L. Jackson en traje negro, y eso me tenía mal. Me aterraba la idea que el cine no pudiese superar la cruda y espantosa vida real. De todos modos seguía pasando los días encerrado con el ventilador en la cara y el VHS encendido las veinticuatro horas. Fue por ese verano que empecé a jugar con los subgéneros, tal vez buscando aquel que me devolviera la certeza que la vida era tan aburrida como siempre prometió serla.
Gracias a Misery (1990) me meto en el suspenso básico e intimo. Recordar a Kathy Bates rompiendo las piernas del pobre lisiado James Caan me logra poner nervioso todavía. La gorda es uno de los personajes más siniestros que hayan existido, su calma para actuar, sus apariciones por detrás de las puertas en medio de la noche, su rostro delatando la locura que en cualquier momento puede estallar y todo se irá al carajo si sucede. Kathy Bates es una grosa como pocas, pero ¿Qué más? Para viejas locas donde depositar mis miedos absurdos seguía teniendo a mi mamá en el cuarto de al lado.  

En esas noches vi por primera vez El silencio de los inocentes (Silence of the lambs, 1991), otra obra maestra del suspenso lento y cuidado, basado en la fuerza de los personajes y sus miserias humanas más que en situaciones con sangre y persecuciones. Anthony Hopkins es lo que todos ya saben, un actor único capaz de hacer una marca registrada solo de rechinar los dientes. La película en total es lo que todos ya saben también; oscura, profunda e inquietante. Personajes así me regalaban la esperanza que el celuloide aún podía depararme sorpresas, pero faltaba un tanto. No creo que un psicólogo caníbal apareciera en cualquier lado, pero tampoco era imposible que pasara. Tuvimos en la Argentina un dentista que mató a escopetazos a toda su familia y tenía una amante bruja que hacia Vudú. Barreda no será Hopkins, pero hay que admitir que tiene onda con esa cara de enfermo reprimido. Mete miedo de verdad.
Luego vería Los sospechosos de siempre (The Usual Suspects, 1995) y Pecados Capitales (Seven, 1995). Excelente dupleta de Kevin Spacey. Ambas, aunque diferentes entre sí, son zarpadas películas de suspenso psicológico que mantienen en vilo al espectador durante todo el rato. Y Morgan Freeman es lo más donde esté, pero si es un policía viejo y calmo, mejor aún. Estaba contento con las películas vistas, pero la incertidumbre continuaba.
Así llego a relacionar con el principio de la historia. Mi madre apareció cierto día a obligarme a ir a la pileta, creía ella que estar todo el día mirando el accionar de asesinos psicópatas podría hacerme mal. Pobre idiota.
Me dio plata para pagar el abono del lavatorio público y algo más para comprar el almuerzo. La cantidad de plata necesaria para entrar al cine, recuerden que en aquellos hermosos años la entrada al cine salía 7 míseros pesos. 3.50 al primer horario. Entonces me rateé de un día bajo el sol para encerrarme en la cálida y amable oscuridad de una sala cinematográfica. Y como caída del cielo aparece como posibilidad para ver, Scream (1996). Ahí estaba, frente a mi gran nariz, la respuesta a mis plegarias. Toda esa sangre, todos esos adolescentes idiotas corriendo, todo ese humor estúpido pero efectivo. Recuerdo mi emoción y alegría, estaba extasiado de placer por el gore naif. Nacer a mediados de los ochenta significó haber crecido con el género de terror muerto, desaparecido, relegado al directo a video con bostas baratas e insoportables. Las grandes maravillas del terror se habían acabado, en los noventa casi ninguna se estrenó en cines y prometía seguir así hasta que Wes Craven nos dejó con el culo alegre. Volvía con todo, criticando el mismo origen del cual provenía, riéndose de los lugares comunes y no dejando de hacerlos sin embargo. 
Como todo éxito, no quedó ahí. Lo que fue una idea original se transformó en una franquicia, además de hacer nacer el subgénero de asesinos disfrazados mata tetonas versión siglo 21. En poco tiempo aparecería el pescador fantasma de Se lo que hicieron el verano pasado (I know what you did last summer, 1997) y el asesino con un abrigo oscuro con un borde de piel alrededor de la capucha de Leyenda Urbana (Urban Legend, 1998). Como todo éxito, lograron usarlo hasta el cansancio y la estupidez. Jóvenes Brujas (The Craft, 1997) es un claro ejemplo. Hasta Robert Rodriguez se tentó con la idea de hacer plata fácil, Aulas Peligrosas (The Faculty, 1998) juega con el tema repetido pero le mete su marca drogona ya que acá los malos son los profesores que vienen del espacio exterior (Berp). Y las malditas secuelas eran peor, Todavía se lo que hicieron el verano pasado (I still know what you did las summer, 1999) no tiene razón de ser, es Muy mala. Pero me contradigo al instante de decirlo, Scream 2 (1997) me gustó, hasta un poco más que la primera. Creo que en el caso de Scream, lo que vale -además de haber renacido el género- es su capacidad de avisar de antemano lo que se va a ver. Como dije antes, juega con lo conocido, riéndose de sus escasas posibilidades. No puedo enojarme ni criticar Scream, nos dio mucho. Porqué cuando se agotaron las posibilidades, se acabó como todo. Pero pienso que no hubiese sido posible sin la película de Craven que un día Danny Boyle hiciera Exterminio (28 days later, 2002) y renaciera el subgénero de zombies. Larga vida al dios Wes.
Sin embargo, siempre tenía que buscarle el pelo al huevo. No tenía ni la más puta idea que carajo quería ser en ese momento. Tenía dudas existenciales como cualquier joven confundido ¿Quería ser un dios, quería ser un  héroe, quería ser un asesino de saco y corbata o quería ser un serial killer disfrazado? Lo que claramente no quería ser era un adolescente perturbado y aburrido, aunque sí estaba sucediendo.
 

viernes, 18 de junio de 2010

En noviembre de 1996 llegó la hora de emprender el viaje de fin de curso de la primaria a Tandil, provincia de Buenos Aires. Los curas del colegio tenían un lindo y grueso convenio con un rancho gigantesco en la localidad, se dedicaban año tras año de convencer a los padres de los próximos egresados que los viajes a Córdoba eran el deseo del diablo y que allí se desataban los peores pecados regalándose a la lujuria y el exceso, lejos de los ojos vigilantes de los adultos. Tandil, en cambio, era la meca del espiritu; no sólo dejaba a los padres extentos de preocuparse por quien sería el idiota que viajaría de intruso sino que les prometían la vigilia constante de los clérigos, sumadas a las dos maestras de septimo (Marta y Graciela, una era morocha y flaca, la otra rubia y robusta. Una caricatura de ellas mismas) que irían en caracater de viejas frígidas que esperan cualquier excusa para abandonar al marido y los hijos porque le tienen la concha hasta el plato, pero que frente a los padres llamarían a ese impulso: Cuidado de sus hijos. Las muy turras y los muy turros de los curas no pagaban nada, la cuota del viaje en si permitía que pudiesen colgarse sin poner un centavo por ello. Parecía un inmenso viaje de estudios mas que el festejo por la liberación de aquellos emblemas educativos perversos y malignos.
Todo indicaba ser la peor aventura para cualquier joven. Pero la desición fue tomada por los padres a quienes no le importaban en nada que pudiesen hacer sus retoños con tal que fuese lejos por más de dos semanas. Así, el Rancho de Popy (sí, se llama de ese modo de verdad) hoy es parte de mis recuerdos juveniles.
Mi amigo me convenció a acompañarlo, pero mi madre obligó por su parte. Resulta que ella ya había planeado una orgía elegante en mi casa durante mi ausencia; de esas en que las parejas primero cenan a la luz de las velas y lentamente se levantan al living a coger entre todos, hay putas sanas y limpias, señores con mucha panza, poca pija y gorda billetera y pendejos aguantadores propiedad de señoras dispuestas. Mientras comen van eligiendo con la mirada a quien le van a chupar el pito, a quien se van a coger (o viceversa) y se van invitando con las miradas sugerentes a pasar a la otra habitación donde la música y las luces están bajas, ponen almohadones en el piso y bastante olor a genitales flota en el ambiente ¿Nunca estuvieron en una? Lo divertido es no saber que se está tocando, menos quien. Vayan si tienen la oportunidad, la van a pasar bien y van a tener una buena anécdota para contar (tal vez puedan abrirse un blog). En fín; tanta imaginación, tanto plan maldito planeado en la mente para que en el momento de hacer algo real y concreto me quedara callado y aceptara las condiciones de Diego (¿?) como las de mi madre, sin chistar.

Llegamos a Tandil, a dormir en carpa y tener misa antes de cada comida. A caminar entre vacas aburridas y practicar deportes comunes planteados como juegos didácticos. A dejar que las horas pasen en respeto y tranquilidad y visitar las ruinas de una piedra caída décadas atrás. A comer guisos con treinta grados de calor e invasiones de mosquitos. A bajar de una pared con arnés como aventura máxima de la vida misma y a aburrirme, aburrirme, aburrirme. Me clavaba cinco o seis pajas por día en diferentes lugares, pero en orden especifico todos los días: baño, campo alejado, capilla, carpa. Dormía en las misas y extrañaba mi casa cada noche encerrado en la carpa con mi amigo y otros dos que nunca supe sus nombres. Y los malditos abusones; hijos de putas más aburridos que yo en busca de algo que hacer, molestar a los flaquitos que no juegan a la pelota parecía ser la mejor opción para ellos.
!Hijos de puta! Repito para no dejar dudas.
Los mierditas me dejaban caca de vaca adentro de la carpa, me tiraban comida en cada cena, me cagaban a patadas en cada juego, me deliraban hasta el cansancio en cada actividad.

Una noche, llegando al final del viaje, cené junto a toda la manada. No sin antes haber orado.
Una polenta rancia con una salsa 10% tomate, 80% agua y 10% de otra cosa que no quiero preguntar qué. Terminó la comida y se acabó la noche. Sin fogón porque sólo se hacía la última allí en Tandil. Los rebeldes se llevaron vino de contrabando desde capital, esa noche lo tomaron y quedaron con una ebriedad envidiable haciendo desmanes por ahí. Sí, mi carpa fue la primer victima. La rompieron a patadas, entraba todo el frío imaginable de la noche descampada. Fue suficiente. Me cansaron, los odiaba más que al lugar mismo. Estaba apunto de estallar. Le pregunté a mi amigo si estaba listo para una venganza a lo Quentin Tarantino. Obviamente dijo no, pero yo sí me encontraba preparado para cortar algunos cuellos. Esa noche convertiría mi fantasia en realidad. No era consiente de nada, sólo pensaba en matar, en encontrarlos y descargar la furia contenida de años de malestar sumados a diez días tétricos junto a ellos. Debían morir. Robé un cuchillo de la cocina, fuí a mi carpa y esperé a que todos se durmieran, salí y caminé sigiloso hasta la carpa de los abusones. No se que hubiese pasado de estar ellos allí, tal vez los hubiese amenazado y luego me hubiesen roto los dientes a golpes de puño, tal vez hubiese enloquecido de veras y los hubiese matado a cuchillazos, tal vez me hubiese puesto a llorar antes de embestir el arma blanca, tal vez me hubiese hecho pis en los pantalones o tal vez ellos se hubieran hecho pis al verme. Demasiados hubiese, una sola verdad.
No estaban en la carpa, lo cual me resultó llamativo. Podían seguir de fiesta alcoholica a pesar de que los curas los habían descubierto al hacer el desastre escándaloso, imaginé que por una cosa así los retarían y mandarían a dormir sin joder más. Dentro de la carpa todavía quedaban dos cajas de vino caliente y economico que los responsables no habían visto seguramente. Sin quererlo en verdad, agarré uno y comencé a andar sin rumbo en la oscuridad del bosque, sin pensar en nada más que una pantalla de televisor que reproducía películas sin cesar mientras tomaba tragos de Uvita que me revolvían el estomágo. Estaba tan aburrido como cualquier otro día, pero con la diferencia que ese día estaba dispuesto a matar, a terminar de una buena vez por todas con las porquerias que me rodeaban, y encima estaba borracho por primera vez. En mi cabeza mareada creía que si lo hubiese logrado podría volver a mi casa y hacer lo mismo con mi madre. Podría convertirme en lo que nunca creí posible, un sujeto sin miedo capaz de acabar con sus desgracias de una manera concreta, real y simple: El asesinato. Todo muy bonito en sueños, pero lo que pasó en la cruda realidad fue que caminando choqué con la ventana de las habitaciones de los curas (ellos no dormían carpas, lo hacían en unos bunker más alejados). Con la confianza que el alcohol me estaba regalando me asomé, creyendo que los mocosos estarían dentro siendo regañados (la inocente mente de un joven). Lo que pude ver en realidad fue como dos curas -uno viejo, el otro no tanto- abusaban sexualmente de los abusones, valga la redundancia. Así perdí las reales ganas de vengarme, porqué estaba contento.
Los viejos degenerados se habían llevado a los pibes con la excusa del reto producto de la borrachera, aprovechando esos mismos efectos del alcohol sus manos se pusieron juguetonas en las piernas de los chicos mareados. Una cosa lleva a la otra y de pronto tenés a dos curas atados tirados en el piso y cuatro pibes chiquitos, rosaditos e inocentes meando arriba de ellos. Uno de los pibes lloraba, tenía miedo. Los otros tres también, pero se mantenían en una postura callada y temblorosa. Los curas estallaban de placer, no podían contenerse. No se si por producto de la borrachera, pero me pareció ver a una de las maestras (la rubia robusta, Marta) espiar la situación en un rincón oscuro de la habitación.
No pude ver eso por mucho tiempo, podía ser descubierto y además fue bastante traumante el hecho en sí. Ni Pier Paolo podía prepararme para esa imagen. Sin embargo, no puedo olvidar la alegria que sentí en ese momento !Hijos de puta! No se metan conmigo, siempre me salen las cosas bien.
Terminó el viaje y nadie dijo nada, años después esos mismos curas salieron en cuanto noticero exista acusados de pedofilia, pero nunca supe si mis abusones declararon sus aventuras en Tandil, provincia de Buenos Aires. Por mi lado, sostengo aún hoy en día, que fue un error grave haber ido, aprendí mucho sobre la suerte, el alcohol y esas cosas, pero la imagen de los dos viejos de sotana bañándose en orina juvenil me sigue despertando en el medio de las noches.

lunes, 14 de junio de 2010

La humanidad vivió grandes hitos en su corta existencia. Testigo de un mundo que toma direcciones distintas de un momento a otro; en especial durante el últimos cien años donde no existió un sólo día sin una novedad, hayan sido descubrimientos en pos de la evolución o desastres de gente aburrida y sin culpa.
La llegada del hombre a la luna,  john waters, el accidente nuclear de Chernobyll, la caída del muro, la propagación del sida, el holocausto, mi nacimiento, las guerras mundiales, la unión sovietica y su posterior desintegración, la creación de la Microsoft Coporation por Bill Gates,  el acido lisérgico, E = mc2,  y tantos otros hechos que nos hacen los humanos que hoy somos. Pero hubo en particular uno que significó el antes y después para el mundo completo. Llegando al final del siglo veinte pudimos ver nacer y crecer al tarantinismo. Habrá gente necia que dirá que ese no es el gran momento, hasta dirán que no hizo nada por la humanidad en sí, pero ustedes saben que quien escribe cree en la magnitud de su persona más que en la del propio universo, entonces es correcto afirmar que si significó la bisagra más importante de mi vida, también lo fue para el resto.
Por el año 1991 éste super nerd llamado Quentin Tarantino era pobre y desconocido, casi todos conocen la historia que trabajaba en un Video Club al mismo tiempo que escribía, tenía tres guiones en su bolsillo juntando pelusas hasta que la suerte le cayó encima. Un productor con taraca leyó el guión de lo que sería una película minimalista, chiquita y por sobre todo barata. Ese mismo productor hace que el groso Harvey Keitel lo lea y se emocione, llevando a amiguitos igual de grosos a participar en ella. Resultado: Perros de la calle (Reserveir Dogs, 1992). Con el éxito de la película no le fue dificil vender sus otros dos guiones al instante. EScape Salvaje (True Romance, 1992) dirigida por Tony Scott y Asesinos por Naturaleza (Natural Born Killers, 1993) rescrita y dirigida por Oliver Stone (años después Tarantino diría que Stone destruyó su guión y que si por él fuese sacaría su nombre de los creditos. Una lástima, siendo una obra maestra de esa magnitud), se estrenan y hacen marca registrada más rápido que lo que un pedo de buzo tardar en llegar a la superficie. Un año después, ya sentado sobre sus gordas y seguras nalgas, se despacha con el Guernica de la cinematografía. Tiempos Violentos (Pulp Fiction, 1994) y se gana todos los laureles: La palma de oro en Cannes, el oscar al mejor guión y un séquito de fánaticos, seguidores y aduladores. Entre Tiempo Violentos y su siguiente película se tomó un descanso de tres años (a pala y polvo, pala y polvo), pero en el medio participó dirigiendo un segmento en la maravillosa y majestuosa película Cuatro Habitaciones (Four Rooms, 1995)donde el Quentin hace muestra de como la tiene tan clara con un plano secuencia larguisimo dentro de la suite presidencial, la secuencia es gloriosa. En ésta película participa también su amigote preferido, Robert Rodriguez, un maestro como pocos al cual ya le voy a dedicar un merecido divague. Junto a él escribiría y actuaría en la genial y super divertida película de vampiros inmigrantes, Del Crepusculo al Amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996).

Jackie Brown (1997) llega al cine y varios adoradores se sintieron traicionados y decepcionados por el cambio, esta cuenta una historia no tan violenta, tiene una narración más clásica y relajada y la sangre no es tan abundante. Sin embargo, fue bien recibida por la crítica especializada, lo cual a nadie le importa realmente salvo a los pretenciosos críticos que quieren cobrar su cheque. Más allá de los dolores del fánatico triste, la película es una perfecta combinación de su toque mágico detrás de camara y las lineas de Elmore Leonard de quien copió los dialogos del libro casi iguales (otra razón del disgusto de sus fans, los diálogos tienen diferente estructura).
Terminada la década vendrían más obras maestras, pero me quedo con estos años para mantener una poca de coherencia en mis relatos. 
Con mi único amigo hicimos de Tarantino un dios de carne y hueso, él creía bastante en el otro de matería inorganica que vive en el cielo pero para mí era la primera vez que canalizaba las necesidades de una imagen poderosa y omnipresente en una figura tangible. Tener un dios nos hace pensar en como resolver los asuntos de la vida diaria, los católicos (u otros que usen a dios como referencia) hacen uso de las metáforas poco inspiradas para hacer de su persona un ser mejor (en teoría) como la otra mejilla o no acusar porqué te acusarán a tí. En cambio yo pensaba como manejar los asuntos de mi vida según lo que Tarantino haría, entonces no imaginaba otra manera que matando a tiros y/o torturando, pero siempre con el mejor estilo y elegancia. De las fantasias de antes ya casi no quedaban vestigios, el Super Héroe continúaba su camino pero en un mundo más real, más comprobable. Perdí interés en la posibilidad de superpoderes imposibles cuando descubrí que un cuchillo puede llevar al mismo resultado, y hasta hacerlo un poco más divertido.

sábado, 29 de mayo de 2010

Creía en una razón de mí persona mayor a la natural como mecanismo de defensa ante una realidad futura que prometía ser patética y llena de traumas; a él, en cambio, todo le chupaba un huevo. Repetía una y otra vez la necesidad de encontrar una justificación a la vida; él me respondía, una y otra vez, que me dejara de joder con planteos idiotas y fantasiosos. Trataba de convencerlo de odiar a la gente que lo rodeaba sólo por el placer de hacerlo; él trataba de convencerme de querer a la gente sólo para estar en paz conmigo. Le presenté a mi madre para que compartiera mi odio incondicional; él prefirió perder tardes completas tomando mate con ella, a tal punto que de su boca salía un reto cada vez que repetía la idea de matarla. Le decía constantemente que era un pelotudo por estar tranquilo y despreocupado ante la vida; él me decía constantemente que era un pelotudo por quejarme y buscar un problema en cualquier situación.
Discutíamos a toda hora, en todo lugar y por toda razón; nunca estábamos de acuerdo ni nunca pensábamos igual -o al menos parecido- y sin embargo, no podíamos estar separados porqué compartíamos el misterioso placer de la mutua compañía excluida del montón restante. Lo que en mí era buscado en gran parte, en él estaba implícito; no nos querían, nos relegaban al costado, nos miraban de reojo, nos insultaban y nos gritaban insultos por momentos (admito) demasiado ingeniosos, mucho mejores que los que ya conocíamos individualmente. Nosotros; orgullosos felices, dos idiotas conscientes de serlo.
Fue la primera persona que me obnubiló; escuchaba cada palabra salida de su boca con atención e interés -en especial cuando podía verle los dientes podridos y deformados que me causaban buenas cantidades de carcajadas-, comprendía su postura ante los hechos fortuitos de la vida y sinceramente me alegraba cada vez que él lo hacía, era mi mejor amigo sin duda alguna. Me cambié de banco en el colegio para sentarme a su lado (éramos los únicos dos que se sentaban solos) y así compartir el walkman, un auricular para cada uno; pasaron los últimos años de primaria sin haber escuchado una sola palabra de las maestras. Pienso, hoy, en que aquello fue posible gracias a la fealdad de él; de haber sido un niño bonito me hubiese confundido pero como no lo era estaba bien en claro que quería a mi amigo simplemente por ser él y no por ser un muchachito forzudo y pre chongo.
Juntos comenzamos las maratónicas tardes con Los Simpsons, podíamos repetir frase tras frase y diálogo tras diálogo. Perdíamos largas horas contando anécdotas de Springfield como si hubiesen sucedido a la vuelta de la esquina, así estallábamos de la risa la mayor parte del tiempo y así cada uno aprendió del otro; por mí lado aprendí a no amargarme tanto y él, por su lado, aprendió a creer que el mundo sí era suyo, pero cuando intentaba volver al tema de convertirme en un villano para torturar a la humanidad, él simplemente me mandaba a la mierda. Lo increíble de él era que real y sinceramente le importaba nada todo lo que sucediese delante de sus ojos (si se quitaba los anteojos culo de botella no veía lo que sucedía delante suyo literalmente, pero el comentario fue en sentido figurado), decía que no debíamos preocuparnos porqué éramos chicos y lo que debíamos hacer era joder y disfrutar; fue una de las enseñanzas más grandes que recibí.
Con esa nueva perspectiva empecé a ver ciertas cosas con otra cara, como ir al parque. La primera vez entré en pánico al ver esa cantidad de pendejos, madres, perros y ancianos juntos bajo el agradable sol de domingo a la tarde, al pisar el verde quise salir corriendo para atrás y encerrarme en mi habitación a ver una película pero él me frenaba y convencía que una tarde al aire libre no iba a matarme. Esas tardes veíamos a la murga del barrio ensayar para los carnavales, de esa manera comenzó mi repulsión a la murga; también espiábamos sin verdadero interés algún partido que se armaba por allí, hasta que una vez le tiraron un pelotazo adrede a la cara de mi amigo, le reventó los anteojos y se lastimó todo, cierto es que en ese momento reí como pocas veces lo hice pero cuando vi los hilos de sangre correr por sus mejillas me asusté un poco, nos levantábamos insultando y nos fuimos de allí con el porte invicto (solo el porte) a pesar que a nuestras espaldas la muchachada se retorcía en el suelo por las risas, en esos momentos quería él matar a todos, en esos momentos aprovechaba yo para llevarlo a la oscuridad de la mente, pero era tan volátil que al rato se despreocupaba y volvía a amar a todos por igual.
Por él acepté ir de viaje de egresados de séptimo grado, todavía se lo reprocho hoy en día. Está bien que me haya dado ciertas esperanzas y alegrías pero no se como pude dejarme convencer que diez días sin televisión y rodeado de pendejos como yo podía ser buena idea. Mala idea, muy mala idea. La próxima les cuento porqué.  


jueves, 20 de mayo de 2010


“I feel drunk but I’m sober (…) I’ve got one hand in my pocket. And the other one is flicking a cigarette... “

Toda transición es un proceso lento, agotador y aburrido; así también como necesario.
El personaje iba armando su forma física y visible en base a las experiencias vividas, experiencias que no guardaban ni una poca de lógica o razón, simplemente un montón de situaciones que sucedían en mí vida de persona normal y que luego las transformaba en enseñanzas según la conveniencia del momento. De ese modo, cada recuerdo que hoy guardo de aquellos años infantiles no llevan ni una sola prueba de haber sucedido así como creo recordarlos. La realidad, como antes ya he dicho, perdía importancia frente a las maravillosas posibilidades que la fantasía me otorgaba; dicho de otra manera, la verdad se convertía en una herramienta funcional a la mentira que sería mi vida. Gradualmente y en escala me convencía que todo era posible, sólo así pude creer en un corto periodo que era dios, luego un Héroe al espantarme con la idea de la religión, para terminar sumándole el prefijo Súper al Héroe porqué por si sólo era poco y andar por la tierra seguro que el mundo me necesitaba a pesar de que yo no tenía ni la más mínima intención de hacer uso de mis poderes en pos del bienestar universal.

Los poderes fueron un tema aparte en realidad, hasta ese momento no los había descubierto, no poseía certeza alguna de tenerlos salvo en mi mente ni alguna sospecha de cuales podían ser; sin embargo, llevaba la seguridad que al reconocerlos y hacer uso de ellos ese mundo asqueroso y vil que me rodeaba se pondría de rodillas ante mí. Complejo de divinidad pueden llamarlo, aunque aburrimiento crónico me gusta más. Conjugar el poder de la masturbación sin freno más el poder de ver películas de temáticas prohibidas o simplemente asquerosas hasta el cansancio no era lo que se suele llamar un superpoder, hasta yo era consiente de ese hecho. Debía encontrar ese detalle chiquito que me hiciese sobresalir de la mediocre media humana. Volar era aburrido, además de que Christopher Reeve acababa de caerse del caballo demostrando como podés ser Superman y no tener escapatoria de quedar igual a una planta decorativa en el living el hecho de planear en el aire me parecía estúpido, si le agregaba el accesorio de pajearme mientras volaba y poder acabar en las cabezas de los ciudadanos la cosa podía ponerse interesante pero de todos modos,  no aprendí a volar. La súper fuerza… está bien que viviera en una realidad inventada pero tampoco la pavada, hasta mi vecinita de siete años me corría con intención de darme una paliza cada mañana; también podría haber intentado ser un poco más sensato y buscar un superpoder que no requiriera haber nacido con el, como le pasó a Bruce Wayne; pero en ese caso en particular me destruyó la fantasía la horrible realidad de fin de década menemista, se venía la crisis y en mi hogar (real hasta en la pintura descascarada de la pared) el dinero para financiar posibles armamentos lujosos era tan ilusorio como todo el resto de mis sueños. No me decepcioné frente a esa escasa cantidad de posibilidades… como les dije, estaba en una etapa de transición y no me cabía la menor duda que en el momento menos esperado aparecería ante mí frente  la divina revelación de mí existencia.

Por ese entonces MTV era un canal de música y no una fábrica de cámaras testigos en la vida de estadounidenses estúpidos. Comienzo a alternar mis inagotables horas dedicadas al cine con horas mirando video clips tras vídeo clips, y si piensan que nada tiene que ver esto con todo lo contado antes demuestra como ustedes todavía no están listos para comprender a este Superhéroe que relata.
Conozco a Alannis Morrisette cantando “Hand in my Pocket” y lo primero que hago es conseguir por el medio que sea ese disco (robé la plata de la cartera de mi madre). Jageed Little Pill es un disco que desborda amargura y resentimiento, razones suficientes para que se encuentre en mi discografía como un favorito eterno. Fue uno de los primeros discos que elegí de las bateas y escuché hasta el cansancio, me encantaba. El video de “Ironic” en el que ella está multiplicada por cuatro es sencillamente genial y todos los temas, a pesar de entender la mitad de lo que decían, me provocaban una nostalgia hacía algo que desconocía. Por el mismo tiempo cruzo con un video extrañísimo y hermoso a la vez, un feto canta dentro de la panza materna nadando en líquido amniótico al ritmo de una melodía tan densa y oscura como hipnotizante gracias a las notas desafinadas de la cantante. En un magnifico dos por uno descubro Mezanine de Massive Attack y a Elizabeth Frazer, voz de Portishead. El segundo disco que conseguí tener fue en cassette “No need to argue” de The Cranberries, otro maravilloso compilado de frustraciones y dolores existenciales, con la misma premisa escuché hasta hacer sangrar los oídos “Mellon Collie & The Infinite Sadness” de The Smashing Pumpkins. Me enamoro fugazmente de Shirley Manson, líder vocal de la banda Garbage, con su tez pálida, sus labios rojo carmesí y la voz de un ángel caido. Todo el disco Garbage del año 1995 me estremece aún hoy en día, el tema “Milk”  por sobre todo. 
Así, gracias a la música, los pocos ratos que no estaba en estado de trance alejado de la realidad mirando una película se completaban. Ya no había un solo segundo que no estuviese sumergido en el más profundo sueño irreal. Y así también, la música, fue el siguiente paso de la transformación al ser el desencadenante de un hecho que jamás hubiese creído posible… Sentado en el patio del colegio en un recreo observo a un compañero cantar en voz baja con los auriculares puestos, la duda me carcome y no puedo aguantar preguntarle que canta. Es “Creep” del disco Pablo Honey de Radiohead, dice. Me di cuenta que ese chico desproporcionado en altura para su edad y excesivamente flaco no encajaba con la imagen que tenía de todos mis compañeros a pesar de ser uno de ellos, no le había prestado atención, no noté que podía existir alguien con el mismo sentimiento de exclusión estampado en la cara que yo llevaba. Le conté de manera superficial en el tiempo que dura un recreo lo que escuchaba, lo que veía y algo de lo que deseaba; sin saber porqué (el destino) le dije que buscaba mi superpoder y entonces él dijo, mirándome tras los gruesos lentes que le ocupaban mitad de la cara: no sos el superhéroe, sos el villano. Sucedió entonces lo que no esperaba que sucediera, hice un amigo.