martes, 20 de julio de 2010


Un breve resumen:
Fue una infancia ausente de machismo. No había modelo masculino que seguir, entonces la mujer tomó el mando y se hizo omnipresente. El niño no se convenció con ese nuevo estado matriarcal y buscó por medios alternativos, pero fue  tan decepcionante el resultado que se quedó sin imagen paternal a la que hacer referencia. Ahí es cuando llegó a un punto donde se preguntó, ¿Acaso mi madre ha sido invisible para mi? Esto que soy ¿Es producto de la casualidad y nada más? El niño descubrió que él era producto de una colección de absurdos miedos, todos caracterizados con la cara de la madre-diablo. El joven no quiso dejar de ser niño, decidió que toda mujer que se le cruzara fuese tan intimidante como él creía debían ser todas las mujeres. Por eso creció sin haber logrado comprenderlas, porque les tenía miedo.

Una mediana introducción:
En los últimos años del secundario, la época de mayor ebullición hormonal, el sexo era el tema recurrente, la cantidad, la calidad y la novedad.
Dividido así, en categorías sexuales, mi grupo estaba conformado por el chongo exagerado que todo lo cogía, el callado que todo lo cogía, el amanerado que casi no cogía, el que cogía con su novia y el que cogía cada vez que se visitaba un prostíbulo. Uno de ellos era yo.
Había una chica muy rápida en el colegio, era más chica que nosotros pero ya guardaba pijas en el expediente como para ser famosa por los pasillos. El chongo se la cogió un día, y se enteró que tenía ganas de cogernos a todos sus amigos. Por separado, claro está. Lo único que teníamos que hacer era una tarea mínima y despreocupada de chamullo sabiendo que el resultado estaba cantado. Con el orgullo en juego, acepté ser parte de la eterna humillación de la jovencita. No me preocupé, era tan malo tratando de encantar a cualquier mujer que estaba seguro que jamás llegaría a la cama con ella. En dos semanas ya se había enredado con tres de mis amigos, me tocaba el turno a mí y fui convencido que la cagaría con sólo abrir la boca, podría ser la más puta pero seguía siendo una nena y si yo era lo suficientemente lelo como creía serlo, ella no sabría como avanzar. Pero ella quería coger, nada más. No le importó mi falta de palabras, le pareció simpático. Esa tarde me dijo que a la salida del colegio fuera a la casa, que no había nadie.  

Una no tan breve anécdota:
Ahí estaba ella, uno de mis tantos fallidos intentos de pertenecer a la exclusiva elite heterosexual. Estaba desnuda, con las piernas abiertas, diciendo en un grito agudo y exasperante mientras se retorcía las tetas “Cojamos ya”. Yo no podía,  una extraña culpa moral me invadía pero era la pija a medio morir la imposibilidad real.
Demasiado agujero lubricado.
Ella gemía y decía ¿Tenés ganas? Empecé a tener asco de esa cueva y los colgajos de carne a su lado. Comencé a preguntarme si esos labios carnosos serían capaces de morderme la pija si lograba meterla por ahí.
¿Pasa algo?, me preguntaba.
Todo, pasa todo, pensé yo.
La vulva latía y ella seguía jugando con sus pezones como tirabuzones. Pensé en comerla, pero la sola idea me provocó tanto asco que la pija media muerta pasó a un estado vegetativo automático. Llenarme la boca de aquel flujo pegajoso que borboteaba de su entrepierna no era la mejor que se me podría haber ocurrido. Colé dedos entonces. Junté el índice con el dedo mayor. Junté aire para evitar la arcada. Y le di. El dedo pulgar hacía arriba dibujando una pistola mágica que se apoyaba a la perfección sobre la pared vaginal impunemente peluda, mientras los otros dos dedos se enterraban en la masa húmeda interna. Empujé, saqué, volví a meter. Trazaban un círculo dentro. Le hacía cosquillas en la punta del útero. La loca gritaba. Me agarraba los pelos y empujaba mí cabeza hacía delante 
¿Estás loca?, acabo de decir (no en voz alta seguramente) que no voy a meterme eso en la boca. Tu concha es sucia y  olorosa como todas las demás. Continué haciendo bailar mis dedos adentro suyo y la pendeja calentona me pedía a gritos que le saque esos dedos de ahí y le metiera la pija. Pero ella no podía ver el estado en que se encontraba mi pito, de tan metido para dentro parecía que iba a terminar saliéndome por el culo.
No puedo meterle esto, ni siquiera va a entrar. Me la voy a aplastar al intentarlo, pensé.
Saqué los dedos empapados en flujo viscoso. Los miré de cerca. Una gota densa y pesada empezó a resbalar por el dedo índice. Recorrió la palma de la mano ante mi espantada atención. Nada sutil me limpié sobre su panza y le sonreí.
¿Estás bien?, se la veía intrigada. Buscó la pija entre mis piernas, no me di cuenta al instante. Antes de poder esconder la patética salchicha flácida de sus manos, ya la había atrapado. Podía estar fingiendo el mínimo de placer e interés en ella, pero no por eso bajar la guardia de mi machismo y regalarle la imagen de mi nula excitación.
Relajate, no hay problema, me dijo.
Lo se, es que me siento un tonto, le respondí, y supe que merecía un oscar de la academia por el modo.
Vamos a quedarnos así, abrazados, dijo en toda su condescendencia.
Putisima madre de Dios, dije para adentro. Aunque admito lo mucho mejor que esa opción era frente a la otra posibilidad de intentar cogerme a esa chica que en mi cabeza era el ídem a una bolsa de porotos. Y la abrasé. Y hablé de incoherencias varias y gratuitas hasta que me quedé dormido. Y soné con un océano de pijas donde un barco naufragaba, pero la gente no moría porque flotaba entre millones de penes esponjosos. Yo estaba ahí, en el medio del tumulto.
Desperté con el extraño sueño y la vi al lado, dormida con la boca abierta y la baba caida a un costado. Ese día me propuse nunca más confiar en un agujero que esté delante.

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